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Hemeroteca :: Edición del 01/06/2011 | Salir de la hemeroteca
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España (I)

Texto: Antonio López Espada Fotos: François Nicaise

Última actualización 17/05/2011@08:21:08 GMT+1
Tres nombres que nos hacen mirar con gran interés hacia nosotros mismos, hacia razas muy nuestras, con una historia que es la nuestra, que han caminado junto a nuestros antepasados, sirviéndoles en diferentes tareas y perdurando, en los tres casos, gracias a haber superado momentos muy delicados. Gracias a todo esto, hoy podemos disfrutar de tres molosoides autóctonos.
Dogo Mallorquín (Ca de Bou)

El Ca de Bou o Dogo Mallorquín es un perro con una historia muy ligada al agarre de reses para su posterior manejo por el ser humano. Jaime I El Conquistador se cita siempre como el responsable de llevar consigo a Menorca perros de este tipo durante su conquista, que está datada en el año 1229. Por ello, como principales antepasados y contribuyentes de ADN del Ca de Bou tenemos a los antiguos presas y alanos españoles. Estos perros, que fueron los mismos que sirvieron durante la conquista de América, eran propiedad de los Caballeros de Malta, una orden muy respetada entre la alta sociedad de la época que se le entregaba al caballero que se distinguía en combate. Por esto, se cree que estos perros, que no encontraban quien les superara en fiereza, eran utilizados en las primeras líneas de ataque en las batallas, precisamente para abrir brecha en las defensas enemigas. Cuando la isla fue conquistada, estos canes se asentaron en su territorio, cruzándose con los perros autóctonos y formando una casta canina con unas características propias, que finalmente derivó en la raza que disfrutamos hoy. Debido a sus características y a la utilización de la que había sido objeto, esos ancestros del Ca de Bou cumplían a la perfección las tareas de guardianes de propiedades, de ganado, así como la de presa de las vacas. Ya los carniceros y matarifes del siglo XIII, pertenecientes por aquel entonces al Gremio de Carniceros o Cortadores, utilizaban la potente presa que estos perros son capaces de desarrollar para sujetar las reses para su manejo o sacrificio. A su vez, fueron destinados a la caza mayor, de ciervos y jabalíes, ante los que se mostraban letales.

El Ca de Bou demuestra un carácter muy en consonancia con otros molosos: es tranquilo, equilibrado, fiel con los suyos y muy sociable con el ser humano, pero no le falta valentía y coraje. Esto le convierte en un gran perro guardián, a la vez que en una gran compañía. No duda en participar de cualquier juego o actividad que se desarrolle, especialmente si se trata de algún juego con los niños, pues es el más cómplice de las travesuras más divertidas, profesando una gran paciencia ante las caricias de éstos.

Una correcta socialización le convierte en un perro equilibrado en cualquier faceta del día a día.

Dogo Canario
Lo más antiguo que encontramos referido a perros de presa en el archipiélago canario aparece en el cedulario del Cabildo de Tenerife en el año 1516, pocos años después de que la corona de Castilla conquistara las islas. Seguimos leyendo comentarios sobre estos perros durante dos siglos, en los que se mencionan los usos que se le atribuyen, como la brega, el pastoreo del ganado vacuno o la guarda de fincas y propiedades. Pero la función a la que se adaptaron de mejor manera es la de la presa de reses en el matadero. Los carniceros obtuvieron de estos perros la asistencia más eficaz a la hora de llevar a cabo su trabajo. Pero en ninguno de estos escritos se describe fielmente a la raza en su morfología.

Otro hecho importante en esos primeros compases de la historia del que hoy conocemos como Dogo Canario es la llegada y el asentamiento de marineros y comerciantes ingleses, formando pequeñas colonias, sobre todo en Tenerife y Gran Canaria. Consigo, llevaron perros como el Mastiff o el Bulldog, introduciendo la atroz afición de las peleas con el perro como protagonista en las islas. A partir de estos hechos, comienzan los cruces de estas razas foráneas y los perros autóctonos, como el presa español, el bardino o el majorero. Estos perros continuaban trabajando con las vacas y protegiendo las fincas rurales, pero los más fieros eran seleccionados y entrenados para la pelea. La cría disfruta de una época de oro hasta que tras la Guerra Civil, en 1936, se prohíbe esta práctica y los ejemplares caen en número de manera alarmante para la raza.

No fue hasta cuatro décadas después, en los años setenta del siglo pasado, cuando los más entusiastas de la raza comienzan un duro trabajo de recuperación tras localizar los últimos ejemplares que perduraban en los entornos rurales de Tenerife y Gran Canaria. 1982 es el año en el que se crea el Club Español del Perro de Presa Canario, que fija las líneas de cría y selección que consiguieron recuperar la raza. Cinco años después, la Real Sociedad Canina entra en acción y recopila, a través de su Comisión de razas Españolas, todos los datos necesarios para la redacción del patrón racial, que fue aprobado y homologado en 1989. En cambio, no es hasta 2001 cuando la FCI lo incluye dentro de su lista de razas oficiales, y lo hace con el nombre de Dogo Canario.

Como hemos comprobado, el Dogo Canario es un perro que ha trabajado duro desde sus orígenes, diversas funciones han ido moldeando un carácter y una capacidad de adaptación sobresalientes. Su aspecto disuasorio, su seguridad y su valentía le han llevado a posicionarse como un guardián incorruptible, pero el equilibrio que se le ha exigido y que ha demostrado siempre le ha llevado a triunfar en otras facetas de la vida moderna, como son las exposiciones o el trabajo deportivo, tan alejados de sus tradicionales labores rurales.

Con su dueño entabla una relación de fidelidad incondicional, convirtiéndose también en el compañero de juegos más paciente de los más pequeños. Será el mejor protector, sin mostrar el más mínimo síntoma de dominio ante ellos.

Esa mirada que tanto le caracteriza, atenta, preciosa, muestra la serenidad con la que actúa siempre.

Alano Español
Tenemos que remontarnos hasta el siglo IV de nuestra era para empezar a hablar sobre los antepasados de nuestro Alano. En aquella época, cuando Hispania era una provincia Romana, diferentes pueblos procedentes del Cáucaso y de Centroeuropa irrumpen en la Península Ibérica. Se trataba de los suevos, vándalos y alanos, pueblos bárbaros que incluían en sus ejércitos temibles perros que también les asistían en el manejo del ganado.

PRIMERAS REFERENCIAS
Gonzalo de Berceo, en el año 1247 ya hizo una breve referencia a estos perros al escribir “abrieron grandes bocas como unos alanos”. Casi un siglo después, el Arcipreste de Hita, Juan Ruiz, lo menciona en un verso, pero si queremos acudir a una descripción completa de los perros de aquella época, no podemos pasar por alto “El libro de la Montería”, del rey de Castilla, Alfonso XI “El justiciero”, que en 1357 da cumplido detalle del Alano. Pero no podemos hablar, ni de lejos, aún de una raza conformada y estandarizada. Las descripciones históricas han puesto de manifiesto unos rasgos comunes de unos perros a los que se les llamaba alanos, unos canes caracterizados por ser eficaces en la presa de reses domésticas o salvajes.

La selección de la raza se llevó a cabo en un ámbito totalmente funcional dentro del contexto ganadero y rural. También hay que subrayar la importancia que el mundo venatorio ha tenido con respecto a la raza, puesto que los cazadores no tardaron en recurrir a los ganaderos para sumar fuerza de agarre a sus rehalas de perros. Esto supuso que aquellos perros de presa sufrirían una serie de adaptaciones a lo largo de su historia al lado del cazador de jabalíes y venados. Para llegar al agarre de una res montuna, el perro necesitaba ser aligerado, por lo que se recurrió al cruce con lebreles, como así dejó constancia Agustín del río en “Alano español, historia de una realidad consolidada”, obra impresa en 1995: “…El lebrel, al mezclarse con alano, recibía más presa, ganaba en kilos y percibía también mucho más coraje, sin desprenderse casi de velocidad y del fuelle que le caracterizaban, sucediéndole al vetusto alano algo similar en cuanto a movilidad, aliento y raudeza…”

HISTORIA RECIENTE
A finales del siglo XIX se abandonó la suerte taurina de “perros al toro”, que consistía en soltar a los perros para someter a los toros que no cumplían en la plaza y así desalojarlos o sacrificarlos. También se prohibió la ronda, modalidad venatoria en la que el cazador es asistido por un grupo de perros de rastro y de agarre que trabajan de noche y que dejó de permitirse porque se utilizaba para furtivear. Esto, sumado a la modernización de los sistemas de explotación ganadera, que ya no precisaban al perro como herramienta de manejo de las vacas, junto con los estragos de la Guerra Civil Española, consiguió que la cría de los perros de presa españoles se abandonase casi en tu totalidad. La decadencia se extendió hasta la década de los años 80 del siglo XX, cuando un grupo de aficionados a las razas españolas comienza un arduo trabajo de recuperación buscando Alanos en los reductos en los que aún sobrevivían trabajando con el ganado. La Comisión de Razas Españolas de la Real Sociedad Canina Española trabajó duro para conseguir que el Alano Español resurgiera con fuerza. Para ello, los primeros y la segunda, rastrean los territorios tradicionales en los que la raza estuvo siempre presente y llegan a Las Encartaciones, una región con territorio en Cantabria, Castilla y León y el País Vasco, rincón rural donde aún se practicaba el agarre de toros de raza Monchina que se alimentan en el monte y viven de manera semi salvaje. Los perros continuaban agarrando a ganado para inmovilizarlo después de que un jinete lo condujese hasta ellos. A través de los ejemplares allí hallados, comenzó el proceso de recuperación. Poco después, mediada la década de los años 90, se crea la Asociación Nacional de Criadores de Alano Español, lo que permitió que, a pesar de que en los inicios se trabajó sobre una población escasa de ejemplares, se crearan planes de cría que permitieron que la recuperación fuera abriéndose camino a través de un Libro de Cría o de la celebración de monográficas con cada vez mayor poder de convocatoria y calidad de los ejemplares presentados.

Finalmente, tanto trabajo se ve recompensado en marzo de 2003, cuando la raza es reconocida oficialmente por la RSCE, creándose el Libro de Orígenes, que lleva un estricto control desde entonces de los ejemplares inscritos.
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