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Dormir a la intemperie

Texto: Antonio Perea.

Casi todas las razas caninas nacieron en el segundo tercio del siglo XIX, un periodo histórico en el que la vida de la inmensa mayoría de la Humanidad se desarrollaba en actividades de índole rural. Del mismo modo, las funcionalidades para las que las razas caninas fueron creadas tenían relación con esa misma ruralidad, lo que propiciaba que los perros durmieran frecuentemente sin otro techo que las estrellas del firmamento.

Uno de los inconvenientes que tiene esta vida de la que nos hemos dotado los urbanitas de los siglos veinte y veintiuno es que vivimos unos encima de otros, ya sea en pisos («…en amargas colmenas nos clasifican…», que cantaba el poeta urbano Serrat), ya sea en hotelitos con una parcela en la que nunca acaba uno de estar fuera de la vista del vecino colindante. En estas circunstancias, si mala es la sensación de estar permanentemente bajo la potencial vigilancia de ojos ajenos, resulta a veces aún peor tener que ver involuntariamente al vecino cuando preferiríamos no hacerlo. Uno cuando vive así trata de no inmiscuirse en la vida del otro. Es, en cierto modo, un mecanismo de defensa: ya que es inevitable la falta de intimidad, hagamos al menos como que no nos damos cuenta de la misma. Mas como los lectores saben por propia experiencia, esta máxima se puede mantener en casi todas las circunstancias de la vida, pero jamás cuando lo que hay por medio es el posible sufrimiento —o lo que a nosotros nos parece posible sufrimiento— de un individuo de la especie canina.

Me viene esta reflexión a la cabeza tras conversar en un café con un conocido que me comentaba su preocupación porque sus vecinos mantenían a su perro en el jardín durante los meses de invierno, incluso por la noche, e incluso cuando el mercurio del termómetro jugueteaba con el cero Celsius. El hombre estaba obsesionado con lo que a él le parecía una barbaridad, y deshojaba la margarita de llamar a la puerta —por primera vez en su vida, pues el vecino había llegado al barrio recientemente— e inquirirle la razón de que el can durmiera al sereno con el frío que estaba haciendo. O bien hacer de tripas corazón y mirar para otro lado. Lo cierto era que, tal como a base de un par de preguntas logré saber, el perro, que a mi conocido le parecía un Pastor Alemán, no dormía exactamente al sereno, pues disponía en un rincón de una pequeña caseta de esas prefabricadas que se pueden adquirir en algunos viveros. Por cierto, caseta que le parecía además a mi conocido demasiado pequeña.

He de confesar que no supe qué decirle, salvo que yo había conocido numerosos perros que vivían en las mismas condiciones y gozaban de excelente salud. Un servidor tiene debilidad por la historia y los orígenes de cada raza, y sé que la mayoría de ellas nacieron en su día para vivir a la intemperie. Un caso paradigmático son los perros de pastoreo, no tanto los de carea, más apegados al pastor y a la suerte de abrigo de que éste disponga ante la intemperie, cuanto los de defensa del ganado, cuya tarea funcional exige que pasen la noche junto al rebaño al que protegen, si bien en invierno pueden compartir el chamizo bajo el cual se resguarde.

Y no digo esto de los perros de pastor acordándome del Pastor Alemán de los vecinos de mi conocido, pues es esta funcionalidad quizá la única en la que dicha raza no es precisamente un modelo de éxito.

El hecho es que me he topado también con perros de caza que vivían permanentemente al aire libre, eso sí, siempre con una caseta dentro de la cual guarecerse. A este respecto, una de las cosas que le dije a mi conocido fue que si el perro cabía mínimamente para enroscarse a dormir dentro de su casetilla, eso era preferible a que ésta tuviera un tamaño o una puerta demasiado grandes, en la que el calor animal generado por el can no pudiera compensar el relente que se colara por el portillo.

Algunos textos tenidos por serios establecen taxativamente las razas que pueden permanecer a la intemperie, a saber (siempre dentro de los límites de mi biblioteca al respecto): el San Bernardo, el Chow Chow y el Siberian Husky. No voy a desvelar la autoría de tal formulación ni su editorial, porque no quiero pelearme con nadie. Pero hace falta mucha ignorancia para poner negro sobre blanco tamaña estupidez. No es que yo considere que estas razas deben dormir a cubierto, pues lo cierto es que el San Bernardo forjó su legendaria fama pateando la nieve de los Alpes en situaciones climatológicas extremas, y el Husky Siberiano nace como perro de tiro de trineos en las estepas, algo que sin duda en ambos casos ha de capacitarles para pasar una noche o dos al sereno sin excesiva merma calórica (francamente, no encuentro explicación a la presencia del Chow-Chow en la terna). Lo que pasa es que me pregunto por qué esas razas sí y otras con funcionalidades equivalentes (Boyero de Berna, Malamute de Alaska, Eurasier, Samoyedo…) carecen del discutible honor de figurar en la lista.

Foto: Alberto Nevado - El Mundo del Perro.

Pero tras unos minutos entregado a estas reflexiones, decidí que lo más honesto por mi parte era olvidarme de esos orígenes de las razas, orígenes que probablemente están demasiadas generaciones atrás como para considerar bajo su influencia a un perro de hoy en día, y responderle a mi conocido como me dictaba mi corazón. Y, así, le animé a que se olvidara de todas sus prevenciones sociales, llamara a la puerta de su vecino y le dijera que como amante de los perros se le partía el corazón de ver al suyo pasando frío. Porque lo cierto es que cualquiera que sea el perro y cualquiera que sea su raza es mucho mejor para su salud dormir dentro de casa. No digo yo que necesariamente haya de ser en el salón o en la cocina, mucho menos en una cama, pero al menos un garaje o una terraza tendedero cerrada puede ser suficiente.

De este modo con seguridad evitaremos o retrasaremos la aparición de trastornos de índole reumática o muscular, cuando no respiratorios o de alguna otra naturaleza.

Y no me resisto a reflexionar en estas líneas acerca de lo incomprensible que me resultan algunos comportamientos de los propietarios al respecto. Sinceramente, no entiendo qué placer se puede encontrar en hacerse con un perro para mantenerlo todo el día alejado de donde nos encontramos. Habría que explicar a algunas familias propietarias de chalets urbanos que no es en absoluto imprescindible complementar tal patrimonio inmobiliario con la presencia de un perro en el jardín. En fin, que tener un perro no es obligatorio, una afirmación que aunque suene a perogrullada, encierra una filosofía cuya aplicación evitaría dramas como el abandono masivo de animales.

Y, si fuera posible, les trataría de explicar el enorme potencial de paz interior que nos puede proporcionar la convivencia cercana con un perro, su contacto y calor. ¿Qué demonios llevará a alguien ha adquirir un perro para dejarlo en el jardín? No traten de responderme, porque no lo entiendo.

Y no he de referirme tan sólo a dejarlo en el jardín, que a mi juicio no es lo peor. He conocido a aficionados presuntamente entendidos que mantenían sus perros enjaulados en el garaje subterráneo del adosado durante todo el tiempo que duraba su jornada laboral. Pueden mis lectores imaginar la triste vida que les suponía a los perrillos este hábito y el problema de higiene que se originaba en la casa. Esto sí es un delito de maltrato tipificado en la ley.

Qué quieren que les diga, yo cuando analizo esta clase de situaciones tiendo a verlas desde la óptica subjetiva del animal, poniéndome en su piel, y normalmente ese pequeño esfuerzo empático me sugiere la solución.

Pero en otras ocasiones, como ésta, me da coraje ver que alguien, por un quítame allá ese poquito de barro, ese arañazo en un rodapié o ese olor pasajero —todo ello fácilmente evitable con un poco de sentido común y cierto gusto por la higiene— está renunciando al tesoro de amistad, equilibrio emocional y lealtad que supone la presencia de un perro en la familia. En verdad no saben lo que se pierden.

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  • Dormir a la intemperie

    Últimos comentarios de los lectores (2)

    2620 | Cristina Andrés Moya - 30/01/2017 @ 13:45:31 (GMT+1)
    Hace años también los humanos vivíamos en cuevas alrededor de una fogata... Pero tonterías aparte, si yo quiero tener seguridad con mis perros, los tengo dentro de casa, avisarán pero no corren el riesgo de ser envenenados y para cuando yo me entere tengo al "atacante" dentro de casa
    Aparte, si se quedan fuera pueden molestar a los vecinos si se ponen a ladrar en mitad de la noche
    Allá cada uno, mis perros duermen dentro de casa... en invierno y en verano
    2610 | Carlos - 18/01/2017 @ 13:40:57 (GMT+1)
    Dejando de lado el tema de la convivencia con el perro, cosa que es absolutamente necesaria para su sanidad mental, debo aclarar que la mayoría de las razas se adaptan perfectamente a dormir a la intemperie, recordemos que hace un par de miles de años todos los perros eran lobos y siguen compartiendo todo su potencial genético (de hecho se pueden cruzar) salvo para algunas razas de pequeñas de compañía, el dormir afuera no causa absolutamente ningún daño y de hecho los mantiene conectados con sus instintos y su función de proteger a su familia, si quieren evitar enfermedades a largo plazo mejor inviertan en una buena comida, ejercítenlo y ténganlo con sus vacunas al día.

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