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Cinofobia. Miedo a los perros.

Cinofobia. Miedo a los perros.
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Las personas que no padecen fobias —o que creen no padecerlas— no suelen hacerse cargo del tremendo sufrimiento que las mismas producen en los que las sufren. Hoy vamos a hablar un poco de ello. Casi todos nosotros hemos tenido alguna vez contacto con una de esas personas que padecen un miedo insuperable a los perros. Algunos de ellos lo manifiestan sin reserva alguna, un eficaz método a veces para luchar contra su fobia. Otros, por el contrario, tratan de ocultarlo, a menudo porque temen que si se les nota, ese perro que se les está acercando detectará su miedo y les hará objeto de su atención, si no de su ataque.

Los griegos personificaban el miedo en la identidad de Fobos, un hijo de sus deidades Ares, el dios de la guerra y los actos violentos, y Afrodita, diosa del amor, la belleza y la concupiscencia.

La mitología clásica siempre nos propone temas bellos para la reflexión, y este caso de la genealogía de Fobos no es una excepción, como vemos.

Así es que lo que conocemos como «fobia» lo denominamos así en evocación de ese Fobos que describieron los griegos de la antigüedad y lo definimos la mayoría de las veces como un temor intenso, persistente e irracional desencadenado por la presencia o anticipación de un objeto o situación específicos. Un fóbico, es decir, el que padece una fobia, podrá estar de acuerdo en que el temor es intenso y persistente. No siempre, sin embargo, estará de acuerdo en considerarlo irracional (salvo que esa fobia se refiera a los unicornios, por ejemplo), y muchas veces simulará aceptar esa irracionalidad sólo para que dejemos de hablarles del problema, algo que sucede, por ejemplo, con el miedo a volar en aviones. Lo que pasa es que mientras que por el intelecto del ciudadano medio es aceptable el temor derivado de una mala experiencia previa (un accidente de tráfico, una inyección dolorosa, un incidente en el que nos haya mordido un perro…), consideramos, sin embargo, irracional el temor que se produce sin haber experimentado antes una situación negativa en relación con el objeto o situación que nos lo produce. Sorprenderá, pues, el hecho de que según innumerables estudios, la mayoría de los casos de fobias —y, ojo, cuando hablo de la mayoría me refiero al entorno del 90 por 100— carece de antecedente alguno de malas experiencias conscientes con respecto al objeto o situación temidos.

Foto: Alberto Nevado - El Mundo del Perro

En el caso del miedo a los perros —he encontrado varias denominaciones en la literatura divulgativa al respecto: canifobia, canofobia, cinofobia…— siempre se describe como miedo irracional a los perros o —curiosamente— a la enfermedad de la rabia de que puedan ser portadores. Quizá haya que buscar esto último como explicación; quizá en lo más profundo de las capas más antiguas de nuestro cerebro exista una alarma atávica relacionada con el peligro de contagio que puede acarrear nuestro contacto con un carnívoro portador de la rabia, igual que ciertas especies marinas rehúyen acercarse a celentéreos de determinados colores porque los relacionan con la presencia de sustancias tóxicas. En cualquier caso, los propietarios de perros estamos, a mi juicio, obligados a ser muy respetuosos con la presencia en la sociedad de esta fobia a los perros, y considerar fundamental para la integración del perro en aquélla que con la presencia o el manejo inadecuado del nuestro no agredamos la sensibilidad de los que tienen un temor insuperable a los canes. No es en absoluto difícil detectar la presencia de una persona con cinofobia (dejémoslo en esa denominación).

Si tiene confianza con nosotros, veremos que al caminar a su lado y divisar un perro en la lejanía, casi sin que nos demos cuenta intentará evitarlo cruzando de acera, dando media vuelta o cambiando bruscamente de trayectoria. Si no lo logra, terminará por buscar nuestro contacto físico aferrándonos el brazo o la mano y situándose medio paso por detrás de nosotros. Estas maniobras serán fácilmente detectables también por el paseante del perro que se nos aproxima si, como es su obligación, está pendiente de su entorno mientras pasea a su perro.

¿Cómo actuar? Si somos quien acompaña al cinófobo en su paseo, debemos darle muestras de que hemos entendido el problema y, salvo que seamos psicoterapeutas profesionales, no debemos intentar resolver su fobia acercándonos al perro. Más bien debemos transmitirle, pero sin verbalizarlo en exceso, la tranquilidad de que llevaremos la trayectoria que más protegido le haga sentir. Tiempo habrá de, una vez finalizada la situación de temor, tratar de convencerle para que visite a un profesional que le ayude a superar tan dolorosos trances.

Esta prudencia y respeto debemos redoblarla si nosotros somos los que paseamos al perro causante de la crisis fóbica. No hagamos, por dios, la idiotez de acercar nuestro perro —por pequeño y pacífico que sea— al niño o adulto fóbico para demostrarle lo equivocado que está al sentir miedo hacia él. Lo único que lograremos será provocarle una crisis de ansiedad y probablemente una herida en su autoestima. Limitémonos a dar muestras de que estamos ejerciendo control sobre nuestro perro, sujetando más corta la correa y acariciando a nuestro can para que no se alarme. Y, desde luego, franqueemos un espacio lo más amplio posible para cruzarnos con el transeúnte temeroso en un contexto de seguridad psicológica para él. A mí en alguno de estos casos me han sorprendido dándome las gracias con una sonrisa, una situación que, mis lectores convendrán conmigo, cada vez es más infrecuente en la convivencia urbana.

Qué decir, en este contexto, de esos propietarios que se empeñan en entrar con su perro al ascensor cuando ya hay alguien dentro del mismo. Un código no escrito de urbanidad establece que, salvo que seamos expresamente invitados a ello, no accedamos con nuestro perro al elevador en dicha situación. El propietario bien educado aguardará a que el resto de los usuarios hagan uso del ascensor y no accederá al mismo hasta que a él —y a su perro— les corresponda por turno de llegada ser los primeros en subir. Una vez en el interior del ascensor, el resto de los usuarios decidirá si acompañarnos o no en el trayecto. Esto permitirá que un posible cinófobo se abstenga de compartir elevador con nosotros, evitando tanto a él como al can una situación de estrés añadido al propio viaje en ascensor. Por cierto, existe una fobia específica a los ascensores, mezcla de acrofobia (miedo a las alturas), claustrofobia (a los espacios reducidos y cerrados) y barofobia (miedo a la sensación de alteración gravitatoria).

Tampoco ayuda en nada a la convivencia con cinófobos la continua aparición en la prensa de noticias mal contrastadas sobre presuntos ataques de perros, que normalmente tienen una explicación etológica plausible que el periodista omite por falta de espacio, búsqueda de impacto informativo o, simplemente, por mala intención. ¡O quizá por su propia cinofobia! Y, reconozcámoslo por último, tampoco ayuda nada a la convivencia del perro con la sociedad humana la presencia sistemática en algunos lugares públicos de grupos de macarras con sus perros sueltos, perros cuya única funcionalidad consiste en elevar la autoestima de propietarios acomplejados a base de dotar a su perro de un aspecto presuntamente «feroz» (amputación de las orejas, lucimiento de collares y arneses dignos de un Conan de opereta…, pobres perros) y un carácter educado para la agresividad y territorialidad excesivas. Este grupo de propietarios es, sin duda, el más peligroso, quizá el único deliberadamente peligroso, y las autoridades deberían tenerles muy controlados. No sería difícil, pues se les reconoce a la legua.

En alguna ocasión he defendido en público que la convivencia del ser humano con el perro es algo tan establecido socialmente que determinados aspectos básicos sobre comportamiento canino deberían enseñarse en las escuelas. Y no me refiero tan sólo a los niños que tienen un perro. En este caso habría que estimular el interés del chaval por educar a su mascota, explicarle que un adiestramiento básico en obediencia, pongamos por caso, incrementará tanto su felicidad como la de su perro. Pero no habría que olvidar en esta formación — una especie de apéndice a la «educación para la ciudadanía» tan a menudo injustamente denostada por algunos sectores— a los niños que no tienen perro. Muchos de ellos podrían ser cinófobos o hijos de padres cinófobos, por lo que su capacidad de relacionarse con perros por la calle estaría muy mermada. Saber cómo aproximarse a un perro que se les cruza les ayudaría sobremanera: aprender sus «señales de calma» e incluso aprender a imitarlas, por ejemplo, no acercándonos al perro directamente de frente sino dando un pequeño rodeo «de desinterés» que permita al animal, además, hacerse idea de nuestros tamaño y forma; evitar mirar a los ojos a un perro desconocido, algo que equivale a un desafío en el código de la mayoría de las especies de mamíferos (miremos hacia la punta de sus orejas, por ejemplo), o simplemente ese gesto que algunos aprendimos desde muy pequeños de dejar al perro que huela nuestra mano antes de acariciarle. En cuanto a las caricias a un perro desconocido, quizá debamos corregir la natural tendencia a acariciarles la cabeza, algo que no a todos los canes les hace gracia pues conlleva un gesto de dominación.

Pueden tener también, por ejemplo, alguna molestia en la zona de las orejas, un área para ellos muy sensible.

Foto: Alberto Nevado - El Mundo del Perro

Además, la maniobra que hacemos al dejarle oler nuestra mano y después pasarla por delante de sus ojos para acariciarle la cabeza no es difícil que les resulte «mosqueante», especialmente si llevamos reloj, alguna pulsera o cualquier otro objeto que brille, suene o llame su atención; el perro seguirá nuestra mano con la mirada, lo que significa que también la seguirá con el hocico.

Mejor una palmadita en el pecho o el dorso. Quizá los niños con tendencia a la cinofobia debieran recibir el mensaje de que el morro de un perro no es algo concebido por la naturaleza sólo para morder, sino que es un mecanismo de contacto del perro con su entorno igual que para nosotros son las manos. Con la trufa de su morro percibirán nuestro olor (nos conocerán), requerirán nuestra atención, educarán a sus cachorros, sujetarán aquello que quieran trasladar, etcétera.

Me consta que algún lector de El Mundo del Perro se cuenta entre los miles de cinófobos que circulan cada día por nuestras ciudades. Si la lectura de estas líneas les ha servido a ellos para ayudarles a convivir con su fobia, y al resto de los propietarios de perros para llamar la atención sobre su problema y respetarlo, este comentario habrá cumplido su objetivo.

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