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«Owney» fue disecado y en 1911 y fue cedido al Instituto Smithsoniano.
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«Owney» fue disecado y en 1911 y fue cedido al Instituto Smithsoniano.

Un mestizo llamado Owney

Texto: Manuel Cruz.

Owney, un simpático Terrier mestizo cuya conmovedora historia ofrecemos en esta ocasión como vivo recuerdo y merecido homenaje póstumo a este entrañable perro de compañía que, durante muchos años, llenó de felicidad la vida de muchos empleados del correo por ferrocarril de los Estados Unidos.

EL ENCUENTRO

Una desapacible noche de invierno de 1888, un cachorro mestizo de Terrier caminaba solitario y triste por la margen derecha del río Hudson y se refugió en la oficina postal de Albany, capital administrativa del estado de Nueva York. Se acostó en una de las sacas de correspondencia, donde pasó plácidamente toda la noche. Por la mañana, los empleados del correo por ferrocarril, compadecidos de él, decidieron adoptarlo como mascota con el nombre de «Owney».

Los días, las semanas y los meses iban pasando y «Owney» era un perro cada vez más feliz, que disfrutaba pasando las horas recostado sobre las sacas de correo, de las que se convirtió en fiel guardián. Dado que este simpático y cariñoso mestizo viajaba con cierta frecuencia en el tren correo de Albany, los empleados de esta oficina postal decidieron regalar a su mascota canina un collar con placa de identificación; esto evitaría que se perdiese en alguno de sus múltiples desplazamientos.

Los viajes de «Owney» en el tren correo se extendieron por gran parte de Estados Unidos (incluida Alaska), México y Canadá. En cada uno de ellos recibía una medalla que le era regalada por los empleados de las oficinas postales en recuerdo de su visita. Acumuló tal cantidad que los empleados de correos de Albany le colocaron un arnés especial para colgarle tantas distinciones.

UN FIEL GUARDIÁN

Es fácil suponer que un perro tan viajero acumulase con los años un rico bagaje de vivencias y curiosas anécdotas, todas ellas merecedoras de ser narradas, cosa imposible debido al espacio disponible. Una de ellas, que damos a conocer seguidamente, fue relatada en el boletín filatélico «Weekly Stamp News» en su edición de 18 de mayo de 1892: «Cierta noche el tren correo, como de costumbre, descargó un determinado número de sacas en el puerto, para ser seguidamente cargadas en un vapor para su transporte a través del río hasta la oficina postal local».

Habitualmente “Owney”, al llegar el tren al puerto, bajaba de él y subía a bordo del vapor, donde permanecía todo el tiempo junto a las sacas.

Cuando al llegar el vapor a su destino éstas fueron descargadas, los empleados Comprobaron que faltaba una de ellas y que “Owney” tampoco se encontraba a bordo. De inmediato el vapor regresó a toda máquina al punto de partida. Al llegar al puerto encontraron la saca olvidada y al fiel guardián canino sobre ella custodiando la correspondencia que había en su interior».

LA VUELTA AL MUNDO EN 134 DÍAS

De cuantos viajes que realizó «Owney» en su dilatada vida, el más largo y pintoresco consistió en una vuelta al mundo que inició en Tacoma (Washington) el 19 de agosto de 1895, a bordo del vapor «Victoria» con rumbo a Japón. Durante el viaje, además de vigilar las sacas de la correspondencia, se dedicó a dar caza a cuantas ratas tuvo a su alcance. Esto le granjeó entre la tripulación fama de «cazador de primera».

Cuando arribó a puerto japonés los agentes de aduana se sorprendieron al ver llegar a un perro portador de tantas condecoraciones. Pensaron que podía ser propiedad de un poderoso señor al que era conveniente no disgustar.

Por ello extendieron a «Owney» un pasaporte imperial, que le permitió circular libremente sin problemas por todo el territorio japonés.

Desde allí marchó a Singapur. Tras cruzar el Canal de Suez llegó a las Azores y desde allí a Nueva York, donde arribó a bordo del buque británico «Pat Phillip». A finales de diciembre de 1895 se encontraba de nuevo en Tacoma, donde le dispensaron un caluroso recibimiento.

SUS GALARDONES

Con motivo de la visita que hizo al Kennel Club de Los Ángeles, fue distinguido con una medalla de plata con la inscripción «Al mejor viajero canino».

Meses más tarde recibió idéntico galardón del Pacific Kennel Club de San Francisco. Sería interminable la relación de distinciones que esta simpática mascota postal acumuló durante su dilatada vida entre los mortales. De todas, ninguna fue tan emotiva como la que en 1897 le rindió en San Francisco, California, la Asociación Nacional

de Empleados Ferroviarios. «Owney» fue subido a un pedestal y miles de personas le tributaron una calurosa ovación que se prolongó durante 15 minutos, como si de un divo de la ópera se tratase.

SU ÚLTIMO VIAJE

Por esa fecha «Owney» había alcanzado ya el atardecer de su vida y presentaba los consabidos achaques propios de esta etapa. Esto no impidió que a principios del verano del citado año realizase un nuevo viaje en el tren correo con destino a Toledo (Ohio). Nadie podía pensar que sería el último de su vida. Por desgracia, este simpático trotamundos canino murió de un disparo en extrañas circunstancias el 11 de junio de Vivió como un ciudadano honrado y murió como un delincuente. Estas son las amargas paradojas de la vida.

Con el dinero recogido en una colecta organizada por el superintendente del Servicio de Correos Ferroviario de Estados Unidos el cuerpo de «Owney» fue disecado y en 1911 fue cedido al Instituto Smithsoniano, que lo tiene en su Museo Postal como una de sus más preciadas piezas. Todo un bello gesto digno de las mejores alabanzas.

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