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Como el perro y el gato...

Foto: Meritxell Varela Alonso.
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Foto: Meritxell Varela Alonso.

Los perros y los gatos no siempre se llevan mal, pero a menudo sucede así. Pertenezco a una generación que se educó en su infancia con las películas de Disney, y me refiero a las más antiguas —los años no perdonan—, aquellas en las que los animales no hacían nunca sus necesidades fisiológicas y las especies convivían unas con otras en el mismo bosque de dibujos animados como si fueran miembros de una asociación de vecinos, aunque mejor avenidos entre sí que los miembros de las humanas comunidades de propietarios. Por simpático que resulte, no deja esto de ser un error.

Desde mi propia experiencia vital, me siento autorizado a afirmar que perros y gatos pueden convivir en armonía en un hogar. Pero también afirmo que esto requiere una serie de precauciones que el propietario responsable debe siempre tener en cuenta. Menudean en las librerías especializadas los manuales en los que se profundiza sobre estas precauciones, y mucho más desde que nos llegó de USA la moda de eso que se ha dado en llamar libros de autoayuda. Al parecer, una vez que hemos recuperado nuestro queso, dicho «no» sin sentirnos culpables y aprendido los hombres a escuchar y las mujeres a leer mapas, toca el turno de autoayudar a los animalitos de la casa. Prefiero no pensar quiénes serán los siguientes en recibir la dichosa autoayuda.

Foto: Ana Chacon Alvarez.

El hecho es, por una parte, que si yo facilitara en estas líneas demasiadas pistas acerca del asunto, estaría haciendo un flaco favor a los autores de estos nuevos manuales de autoayuda «mascotera», tan necesarios en la cultura general del propietario. Pero por otra parte, también es un hecho que los contenidos de los mismos han entrado en una dinámica que, con honrosísimas excepciones, les lleva cada vez más a ser una traducción directa del original —a menudo en inglés americano, obviamente— asesorada, como mucho, por algún profesional aborigen para cuestiones de terminología técnica. Esto deja al margen de la realidad de nuestro país muchas de sus consideraciones. Ante esta disyuntiva, me inclino por comentar a mis lectores de pasada algunas observaciones y experiencias personales e invitarles a completar su conocimiento con el libro de mejor relación entre contenido y precio que sean capaces de encontrar en el mercado.

Seré breve. En la conducta comparada entre perros y gatos, los instintos depredadores originarios de los segundos se encuentran mucho más presentes que los del perro, que se inclinan más por los hábitos carroñeros.

Sólo una cuestión de tamaño impide por lo general que sea el gato el ganador de cualquier trifulca entre ellos. Yo siempre he evitado abandonar la casa con perro y gato solos en una habitación —y confieso que siempre he temido más por la integridad física del perro que por la del minino—, pero he visto muchos hogares en los que sí se hace y no aparecen problemas.

Mi opinión es que depende de cuál de los dos haya llegado antes y de cómo se haya llevado a cabo, consciente o inconscientemente, el proceso de socialización entre ellos.

Pero yo, forastero, de entrada no lo haría. Quizá con los años...

Es de notar, por cierto, que la presencia de un perro puede producir la aparición de comportamientos de ansiedad en los gatos, como el rechazo de la comida o de su caja de arena para las necesidades. Esto se da mayoritariamente en los casos en que el gato estaba en casa antes de la llegada del perro. Se debe estar atento a la aparición de estas conductas, pues de no detectarse a tiempo pueden llevar a la situación más dolorosa para el propietario del gato, que es la huida del animal de nuestro hogar por no sentirse seguro.

En el caso de que aparezcan, es de inicio lo más prudente proporcionar al gato una habitación o zona de la casa aislada en las que disponga de su comida, su agua, su caja de arena y una zona tranquila de descanso, y mantenerle allí hasta que se complete su aclimatación a los nuevos olores, sonidos y costumbres asociados a la presencia del perro.

Foto: Pilar Hernández.

Si la segunda mascota no es un perro, en los hogares españoles y desde una perspectiva estadística querrá decir que se trata de un pajarito de mayor o menor tamaño, uno o varios peces de acuario, un roedor o, más raramente, un reptil o un mustélido. Pues bien, en cualquiera de esos casos, la solución de un posible conflicto entre especies se inclina peligrosamente del lado del gato, pues cualquiera de las mascotas citadas se encuentra dentro del repertorio de presas grabado en el instinto atávico del felino doméstico.

Qué decir si nuestro gato está cogido de la calle: lo normal es que venga incluso aprendido por su madre a cazarlos. Aquí hay que ser riguroso: si estamos ausentes hay que evitar el acercamiento, y si estamos presentes tutelarlo teniendo a mano nuestro famoso pulverizador de agua.

Y es que aunque los de la Disney consideren que una pantera puede convertirse en la mejor amiga de una boa, la realidad es que nuestro gato no verá en la iguana que acaban de regalar a nuestro hijo mucho más que un suculento bocado. Así es la vida.

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