Última actualización 17/01/2008@10:51:22 GMT+1
Son los días más cortos del año. La noche ha sido interminable. Ya era de noche cuando ayer llegamos a casa, todavía no apunta el sol en el horizonte y ya es hora de volver a afrontar un nuevo día. Intentaríamos apurar un par de vueltas más en la cama si no fuera porque tenemos un amigo de cuatro patas incólume a los cambios de horario, meteorológicos, lumínicos o de humor a los que los humanos somos tan aficionados, ese amigo al que tendremos que pasear como primera obligación de la mañana… y también como última de la noche. Alegre, nos lleva hasta la puerta.
El cambio climático debe de ser cosa de por las tardes, porque de buena mañana sigue haciendo un frío glacial. No sé si podré volver a estirar los dedos de la mano izquierda, la que sujeta la correa. El reflejo de una farola anuncia una placa de hielo, y hacia ella nos dirigimos conducidos por nuestro buen amigo peludo, a demostrar como cada mañana que en esa clase de superficies la tracción a las cuatro patas supera en estabilidad a la de dos. El día empieza bien: hoy hemos resbalado, pero no hemos caído. Una vuelta a la manzana, unas cuantas levantadas de pata, tiramos al contenedor la bolsa de las cacas y a casa. Merece la pena levantarse un poco antes para disfrutar de esta primera toma de contacto con la realidad, para estar avisados. Al menos, ya sabemos dónde están los charcos helados. Para los vecinos que no tienen perro y saltan directamente de la cama al transporte público, todo son imprevistos.
El día ha pasado, con sus afanes, sus recompensas y sus contrariedades. El sueño aprieta y la cama nos llama a voces. Pero antes, hemos de cumplir la liturgia canina previa al descanso. De nuevo hacia la puerta, la misma alegría, el mismo deseo de vivir. Quizá la jornada no ha sido buena, quizá el trabajo ha tenido episodios amargos, puede que hayamos vivido diferencias familiares o con nuestros amigos. Da igual, a él le da igual. Incluso si la bronca ha sido…con él. Está olvidado. Nos esperan esos tesoros tan ilusionantes que hay en la calle, esa atmósfera que olisquear, esos árboles que marcar, esos congéneres a los que saludar. Todo está en su sitio, los problemas sólo están en la cabeza de los humanos. Regresamos. El frío de la noche casi nos ha quitado el sueño, pero los problemas resultan por alguna razón algo más lejanos. Debe de ser esto lo que llaman “efecto benéfico de la convivencia con animales de compañía”.
Un nuevo día. No apetecería iniciarlo, pero nuestro amigo nos espera y hay que saltar de la cama. En efecto, ajeno a estas reflexiones, mueve el rabo, nos lleva alegre donde está su correa y parte hacia la puerta a dar la bienvenida a un nuevo día como si fuera un tesoro. Y lo es: se trata de la vida. Se diría que el perro intenta enseñarnos a vivirla. Me pregunto si algún día aprenderemos.