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Hemeroteca :: Edición del 01/09/2008 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 22/08/2008@11:30:43 GMT+1
El perro nacional Suizo enamora a sus amantes incondicionales por muchas razones. Hemos tratado de traer a las páginas que se dispone a leer el mayor número de ellas para que así comparta la pasión por una raza imponente no sólo por su aspecto, sino también por todo lo que ha hecho y sigue haciendo por el ser humano. Después de conocer alguna de las hazañas protagonizadas por estos perros, no es de extrañar la fama que se labraron durante el siglo XX, ni que uno de los primeros ejemplares llegados a nuestro país alcanzara un precio equivalente al de un piso de ocho habitaciones en su época.
En un ambiente casi incompatible con la vida, al menos como nosotros la entendemos comúnmente, rodeado de paredes quebradas, precipicios sin fondo, gargantas y crestas colosales, donde la vida vegetal es prácticamente nula, azotado durante casi todo el año por grandes tormentas de nieve, en pleno corazón de los Alpes, en la frontera entre Suiza e Italia, se encuentra el Hospicio de San Bernardo. Levantado por Bernardo de Menthon en el año 1050 sobre las ruinas del Mons Jovis Pass, nombre que dieron los romanos al paso que une Suiza con Italia, pronto se convirtió en refugio de peregrinos, parada obligada de caravanas y cuartel-refugio de las tropas que guardaban el paso. Junto a aquellos abnegados monjes, dedicados enteramente a difundir la palabra de Dios y al auxilio de perdidos viajeros, aparecieron unos perros de alzada imponente que, por su fino olfato, gran resistencia y excelente sentido de la orientación, se hicieron compañeros inseparables. Fue así como monjes y perros, trabajando en perfecta compenetración, escribieron una de las páginas más notables y enternecedoras de la historia.

Ciertamente, los primeros molosos del Hospicio tenían funciones de guarda y defensa contra lobos y bandidos, pero pronto los monjes se dieron cuenta de las cualidades innatas de aquellos perros para el socorro en la nieve. Durante los últimos cuatro siglos se encargaron de su crianza y adiestramiento. Los monjes, en su afán por desarrollar en los perros inteligencia, olfato y fuerza, fijaron las cualidades psicofísicas de la raza.

Su increíble capacidad olfativa les permitía detectar las emanaciones odoríferas de las víctimas sepultadas bajo la nieve hasta dos metros de profundidad. Sobre nieve y en las condiciones más adversas podían encontrar personas a más de 200 metros de distancia. Su gran sentido de la orientación les permitía regresar al Hospicio en medio de las grandes ventiscas, con los caminos completamente borrados. Dotados de una asombrosa intuición para resolver, en décimas de segundo, situaciones difíciles, en los días de muy malas condiciones meteorológicas eran enviados solos a patrullar por el paso. Su desarrollado sentido premonitorio, apoyado en su fino oído, les hacia alejarse de las avalanchas de roca y nieve con el tiempo suficiente para ponerse a salvo. Todo ello, unido a su gran resistencia física y a la posibilidad de soportar temperaturas inferiores a los 20 grados bajo cero, les permitió efectuar infinidad de salvamentos. El más famoso de estos “ángeles de las nieves” fue el perro “Old Barry”, que bajo una fuerte tormenta encontró a un niño extraviado y apareció con él sobre su lomo en el Hospicio. A este notable perro se le atribuyen más de 40 salvamentos. He oído diferentes versiones sobre su muerte. La verdadera, según me informó en mi visita al Hospicio el Pater Lammont, es que murió de viejo, rodeado del cariño de todos los monjes. Su cuerpo se conserva en el museo de Berna (Suiza).

Sobre las hazañas de estos perros se han escrito infinidad de relatos. Es muy conocido el de un grupo de perros que fueron mandados solos a patrullar por el paso. Pasado el tiempo, uno de los perros regresó al Monasterio dando claros indicios de que quería que los monjes le siguieran. Así lo hicieron y, conducidos por él, encontraron a una persona tendida en la nieve y a su lado otros perros del grupo dándole calor con sus cuerpos.

Otro fue el de una caravana que, guiada por un monje y su perro, se vio sorprendida por una avalancha. El perro logró liberarse de la nieve y regresó al Hospicio en busca de ayuda. Seguido por los monjes, llegaron a tiempo de salvar sus vidas.

Creo honesto señalar que la imagen del San Bernardo con su barrilito y su botiquín de primeros auxilios no corresponde a la realidad. Eran los monjes los que, a la llamada de los perros, transportaban el té caliente y demás auxilios para reanimar al viajero perdido. Me gustaría señalar que los modernos medios de salvamento, aéreos y mecánicos, en la alta montaña han reducido la actividad tradicional de estos ángeles de las nieves, símbolo insuperable, por siglos, de la fuerza y del heroísmo.

ORÍGENES DE LA RAZA
El origen del San Bernardo es muy controvertido. Existen muchas teorías y todas difícilmente demostrables. La más generalmente aceptada es la que le confiere un origen tibetano. Según Pierre Mégnin, el gran tibetano pesado, apareció en Asiria hacia el año 2000 a de J.C. En el museo británico de Londres se encuentra un bajorrelieve del siglo VII a de J.C., proviene de un palacio de Nínibe, en el que aparece el gran tibetano: un enorme perro con poderosa cabeza, fuerte osamenta y gran alzada. Se parece tanto al San Bernardo moderno que podría concursar con notable éxito en las exposiciones de belleza actuales.

Del gran tibetano dio fe Marco Polo en 1295; en el relato de sus viajes señaló la presencia en la Corte del Gran Mongol de unos perros de gran alzada, fuertes y del tamaño de un asno. Se utilizaban en las montañas del Himalaya como perros de guarda.

Aristóteles definió al gran tibetano como “defensor de gran potencia” que luchaba con el tigre. Buffón, en el siglo XVIII, dijo haber visto uno, el cual, sentado, medía más de cinco pies de alto (1,60 metros). Más tarde, en 1897, el alemán Siber escribe un libro en el que describe perfectamente a este moloso.

Queda demostrado que en las montañas de Himalaya existieron grandes perros de características morfológicas y externas muy parecidas a las de nuestros San Bernardos. La pregunta es ¿cómo llegó esta raza, localizada en la India y Medio Oriente, a Europa y, más concretamente, a Suiza? Se trabaja con dos hipótesis:
En el año 280 a de J.C., los galos, pueblo que ocupó Suiza, entre otros territorios, se apoderaron de Asia Menor, trayendo a Europa estos enormes perros. La otra hipótesis es la que asegura que el Gran Tibetano fue introducido en Grecia y Macedonia por los fenicios, tomando el nombre genérico de “moloso” (de la región griega de MOLOSIA) pasando de allí a Roma, a luchar en los circos contra tigres y leones. Es fácil suponer que estos perros fueron utilizados por los romanos para la vigilancia de sus campamentos y pasos de montaña en la conquista de Suiza. Conviene aquí recordar que los romanos llegaron a los Alpes, principalmente a través del paso del Gran San Bernardo y que al lado de Hospicio crearon un refugio para las tropas en tránsito.

Por cualquiera de los dos caminos, lo cierto es que el Gran Tibetano, instalado en los valles de Aosta y de Valais, debió cruzarse con perros locales como el Bouvier Suizo o con una especie de Mastín de raza fuerte que según Buffón habitaba en Helvecia, dando origen al actual San Bernardo.
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