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Hemeroteca :: 01/11/2007
Editorial

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Para la mayoría de nuestros lectores se aproxima la época del año en la que, tras un periodo volcado en la vida al exterior, de largos paseos y contacto directo con la Naturaleza, llega el momento de recogerse en el interior del hogar y vivir su calor. Este ciclo de las estaciones tiene su reflejo en la convivencia con nuestro perro.
La recuperación de nuestras rutinas tras el periodo vacacional con su a menudo larga estela temporal, lleva consigo al mismo tiempo la recuperación de un contacto más estrecho con la vida de nuestro mejor amigo, que quizá anduvo algo descontrolado por los caminos, jardines y parajes estivales. Ahora tendremos de nuevo la necesidad –otros dirán con acierto que la excelente oportunidad- de recuperar la observación cercana de sus costumbres atávicas, de su mecanismo de reacción ante los estímulos, de su compleja y apasionante manera, en fin, de relacionarse con el mundo.
La inevitable iconografía que los medios de comunicación, y muy especialmente la publicidad, traen a nuestro pensamiento, nos hace a muchos relacionar el disfrute de un perro en el periodo estival con el hecho de que sea de una raza mediana o grande, es decir, ese perro que salta poderosamente por encima de un seto para alcanzar el objeto que le arroja el cabeza de una joven y agraciada familia en manga corta, o ese otro que ocupa majestuosamente todo el maletero de un flamante modelo de automóvil familiar. De modo opuesto, el aristocrático Lhasa Apso que hoy nos visita como Raza del Mes sería el paradigma del perro para el invierno, con su cálido y sedoso pelo y su tamaño ideal para no ocupar en el hogar más que un cojín cerca de la calefacción.
Las revistas especializadas estamos también para romper estos tópicos. Así, no está de más explicar que pocas cosas son tan emocionantes para un aficionado al perro como la visión del movimiento de un Lhasa, un verdadero prodigio de elegancia natural y de eficacia anatómica que donde se disfruta verdaderamente es en los espacios abiertos. Del mismo modo, a aquel que sueñe con confinar a un Lhasa o a cualquier otro perro similar en un cojín, le auguramos una ardua tarea de adiestramiento llena de sinsabores y de muy incierto pronóstico.
Paralelamente, razas como el Porcelaine que visita nuestra sección Razas Europeas –por cierto, junto a otros dos formidables y fornidos embajadores caninos de Francia como son el Dogo de Burdeos y el Pastor de Picardía- aprovechan su tamaño de sabueso corredor para desarrollar su excelente prestación en la caza, es decir, son grandes perros de otoño-invierno. La mayoría de los por desgracia no muy numerosos mortales que han tenido la ocasión de presenciar en directo el espectacular galope de un Porcelaine lo han hecho en un contexto invernal. Los cazadores son el más característico de los colectivos que esperan al invierno para vivir su relación más intensa con el perro… en el campo.
El perro no sería lo que hoy es en la sociedad si fuera un producto de consumo y, mucho menos, estacional. La labor de divulgación que a todos los profesionales nos atañe es la de mostrar las innumerables maneras en que el perro es capaz de mejorar nuestra vida en cualquier situación y época. Nada mejor para ello que traer a la mente el majestuoso trote de un Lhasa Apso entre las hojas caídas sobre un sendero otoñal, o el rítmico respirar de un Dogo de Burdeos descansando apaciblemente sobre una colchoneta no muy lejos de la calefacción, imágenes que son la gasolina del espíritu para los amantes del perro.

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