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Bulldog Inglés

Bulldog Inglés
miércoles 22 de octubre de 2014, 11:19h
Una canción patriótica, compuesta durante la era Victoriana, concretamente “Hijos del mar, nacidos todos los británicos”, alude en una de sus líneas a los muchachos de la raza “Bulldog”. Esto nos puede llevar a aproximarnos a la gran importancia que esta raza ha tenido desde sus orígenes en Gran Bretaña. La encarnación del espíritu patrio, así como de virtudes como el valor, el arrojo, la tenacidad, la fortaleza, tanto de espíritu como física, tuvieron en el Bulldog Inglés el continente perfecto para tan preciado contenido. Hoy, este apreciadísimo animal se ha adaptado perfectamente a la vida en el hogar, donde profesa un cariño sin límite y una compañía muy valorada por aquéllos que disfrutan de uno de estos perros.

Orígenes e historia de la raza
Redacción

Existen varias etapas dentro de la historia del perro y de sus andanzas junto al hombre que han ido perfilando el nacimiento del Bulldog Inglés como raza canina. Todas y cada una de estas razas cuentan con unos orígenes, generalmente bastante difusos y casi imposible de establecer fielmente, con una evolución hacia la homogeneidad, así como con una adaptación a los cambios que la sociedad va imponiendo en todos sus ámbitos. En el caso del Bulldog Inglés, esta evolución le ha llevado a mostrar claras diferencias con respecto a los primeros perros que fueron sentando las bases de la raza.

El Imperio Romano, en su expansión por los múltiples territorios que conquistó, se convirtió en el mejor vehículo colector de todo tipo de aspectos, culturales, técnicos, tecnológicos y, por supuesto, también en el ámbito canino. Para concretar esto, y estudiando los orígenes del Bulldog Inglés, tenemos que acudir a las primeras incursiones de las legiones romanas en las islas británicas. Allí se toparon con una fuerte resistencia, pero encontraron muy aprovechables los grandes y fuertes perros que la población autóctona utilizaba para, entre otras labores, la guerra o la guarda de propiedades. La extensa red administrativa del ejército romano creó la figura de un oficial encargado de seleccionar y reclutar para el Imperio a los mejores ejemplares, que eran enviados a Roma para ser empleados en diferentes tareas, entre ellas, la lucha a muerte en las arenas de los circos. Estas luchas quedaron plasmadas en obras de diferentes autores latinos de aquellos primeros años de nuestra era, como hizo el poeta Claudio, que describió que estos perros imponentes contaban con la fortaleza necesaria como para enfrentarse a las fieras más peligrosas, pero ya se destacaba lo encarnizadas que resultaban las luchas entre estos perros y los toros.

SIEMPRE LIGADO A LA PUGNA
Después de este periodo, llegamos a la Inglaterra del siglo XII, época en la que el Imperio Romano cae bajo la expansión normanda, un pueblo que utilizaba sus propios perros para el ataque en la contienda. Como ocurriera con los romanos, los normandos también eran muy aficionados a las peleas de perros contra todo tipo de fieras, como osos y toros. Estos espectáculos arraigaron pronto en la cultura inglesa, que pasó a denominarlos bull-baiting, y su popularidad fue creciendo hasta el punto de que cuando Enrique II accedió al trono, en 1154, estas cruentas peleas se habían extendido por muchas de las regiones de las islas. En un principio, estas peleas eran interrumpidas ante los primeros indicios de la victoria de uno de los contendientes, sobre todo porque las fieras eran muy valiosas y difíciles de conseguir, pero con la generalización, esta práctica fue captando adeptos, verdaderos “enfermos” de las peleas, que hicieron que las sumas de dinero apostadas obligaran a llevar las pugnas hasta el desenlace más fatídico, que era la muerte de uno o incluso de ambos participantes.

A su vez, incluso las clases altas comenzaron a organizar peleas para amenizar cualquier acto, incluso en palacio. Así, en el siglo XVI, Isabel I acostumbraba a agasajar a sus invitados más ilustres con estos espectáculos. Y, por supuesto, los más avezados no dejaron escapar el filón. Se lanzaron a “mejorar” la raza buscando perros cada vez más letales.

Estas peleas con toros consistían en que el perro era lanzado hacia la cabeza del toro y trataban de aferrarse al morro, las orejas o la lengua y resistir mientras el toro trataba frenéticamente de librarse del agarre. Para lograrlo, el perro necesitaba unas mandíbulas grandes y poderosas además de que debía ser capaz de continuar respirando mientras maltrataba a su enemigo. Así que, para facilitarle la tarea, se pensó que necesitaba una cabeza más amplia y pesada. También se buscó que la altura fuera cada vez menor, con la finalidad de que la parte inferior del cuerpo de estos perros mostrara una menor superficie vulnerable que pudiera recibir una cornada. La defensa del toro solía consistir en bajar el morro hasta el suelo para poner por delante los cuernos y así intentar frenar cualquier tipo de intento de agarre.

Convivir con un Bulldog
Redacción

Como hemos señalado en el aspecto morfológico, el Bulldog Inglés también es uno de los perros que más ha cambiado en el campo del carácter. Aquel luchador implacable, obligado a vivir siempre atacando sin mostrar el más mínimo atisbo de indecisión, se ha ido convirtiendo en uno de los mejores perros de compañía que existen. Siempre atento a su familia, disfruta permaneciendo al lado de sus dueños, siempre dentro de casa, en contacto con aquéllos a los que profesa una incondicional fidelidad, desarrolla un apego inquebrantable hacia los suyos.

EL CACHORRO DE BULLDOG
Quien se enamora de esta raza y decide adquirir un cachorro de Bulldog Inglés sabe desde el principio que su vida experimentará un cambio sustancial. En primer lugar, sabe que el desembolso que debe efectuar es relativamente alto. Y repetimos lo de relativamente porque uno de estos perros vale mucho más de lo que puede llegar a costar. Las complicaciones que las hembras pueden sufrir durante el parto y las que pueden aparecer durante la cría de los cachorros conllevan que el precio de un buen Bulldog, uno criado por un criador responsable y que ofrece las máximas garantías sobre el cachorro, sea uno de los más elevados entre las distintas razas caninas. A su vez, las mamás Bulldog suelen tener camadas reducidas, por lo que esos pequeños se convierten en verdaderas joyas.

Hay varios aspectos que se deben tener en cuenta a la hora de adquirir el cachorro. Si acudimos a un criador serio, no es necesario ni contemplarlos, pues será él mismo el que nos lo indique, pero siempre es positivo conocerlos e incluso interesarse por ellos a la hora de concretar la compra del perro. La mordida o el cierre de las mandíbulas debe ajustarse siempre a lo que el estándar exige, esto es, con las mandíbulas anchas, masivas, cuadradas, la inferior proyectándose hacia adelante de la superior y volteándose hacia arriba. A su vez, estas mandíbulas deben ser anchas y cuadradas con seis pequeños dientes frontales entre los caninos, en una fila pareja. El estándar explica, en su apartado referido a los dientes, que los caninos bien separados entre sí, dientes grandes y fuertes que no deben ser vistos cuando la boca esté cerrada. Vista de frente, la mandíbula inferior se ve exactamente debajo de la superior y paralela a ésta.

Otros aspectos importantes con los que el estándar recomienda guardar cuidado son los siguientes:
La arruga sobre la nariz sobresaliendo o cubriendo en parte la nariz es una falta importante. Esto no debe suceder.

La cola debe crecer hacia afuera, penándose como falta grave las colas que crecen hacia adentro de la carne.

También se cuida mucho el aspecto de las dificultades respiratorias, debiendo dejar fuera de la cría los perros que desarrollan este tipo de dolencias.

En cuanto al carácter, no son deseables los perros que desarrollan agresividad o demasiada timidez. La norma reza que el Bulldog debe dar la impresión de determinación, fuerza y actividad. Alerta, valiente, leal, dependiente, valeroso, feroz en apariencia, pero poseedor de una naturaleza afectiva.

Una vez hemos elegido a nuestro cachorro, contemplaremos que este pequeño necesitará, al menos, dos semanas para acostumbrarse a su nuevo entorno. En este periodo crítico, debemos encargarnos de que este proceso de habituación sea lo más suave y llevadero posible. Ese ambiente nuevo y extraño, muy diferente al que tenía junto al resto de la camada y su madre, debe ser lo más agradable posible, nada estresante, para lo cual no escatimaremos en atenciones y mimos durante esos primeros días. Sobre todo, durante la primera noche. Siempre surgen dudas acerca de cómo debe pasar esas primeras horas en las que, al fin y al cabo, cuando consigamos dormir, estará sólo por primera vez en su corta vida. Podemos encontrarnos en la situación, muy habitual, de que el cachorro llore, se lamente por no tener esas pancitas en las que se apoyaba para dormir, tan calentitas y cómodas. Pero si cedemos ante esos llantos, el perro pronto aprenderá que consigue compañía al quejarse, una conducta totalmente indeseable en cualquier perro. Debemos ser fuertes, ignorar sus quejidos, con lo que el pequeño cachorro acabará por cansarse y dejará de emitir esos llantos. Desde esa primera noche estamos comenzando su educación, por lo que no es recomendable comenzar a “malcriar” a nuestro Bulldog. Hay criadores que recomiendan llevar un trozo del lecho donde ha descansado la camada anteriormente. Podemos pedírselo al criador para conseguir que la transición sea menos traumática. También hay quien recomienda esconder un despertador analógico (de los que suenan) entre la manta de su cama, algo que emite un sonido que el cachorro puede interpretar como el latido del corazón de su madre o de alguno de sus hermanos. Una bolsa de agua caliente mantendrá una temperatura similar a la que disfrutaba junto a su familia natural, aunque no podemos mantenerla una vez el perro adquiera fuerzas en sus dientes, pues si intenta mamar de ella y la perfora, se mojará con el agua caliente.

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