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Comida, sexo y territorio

Comida, sexo y territorio

Creo que fue en una emisora de radio. La periodista comentaba algunas características de los perros de raza y sus funcionalidades, y terminó su intervención afirmando en tono de aviso a navegantes que, no obstante todas las virtudes y habilidades caninas a las que acababa de referirse, no debíamos olvidar que para el perro sólo existen tres cosas: sexo, comida y territorio.

A sabiendas o no, la comunicadora ponía el dedo en la llaga de lo que diferencia la consideración moderna del animal de compañía con respecto al pasado.

El adiestramiento en positivo, ese que tan bien conocen los lectores de El Mundo del Perro se basa precisamente en aprovecharnos de esos estímulos básicos para lograr obtener del perro la respuesta que en cada momento precisamos de él. Se trata de una escuela opuesta a la que se suele denominar «adiestramiento aversivo», que consiste en castigar al perro cuando hace algo mal. En esta última, afortunadamente en recesión aunque no tan rápida como sería deseable, la acepción del término «mal» es, en el mejor de los casos, la que lo entiende como hacerlo de la manera que no queremos. Pero no faltan los que extraen del término toda su carga moral y pretenden que el animal asuma nuestros propios conceptos del bien y el mal.

 

UNA LLAMADA DE ATENCIÓN

Para aquellos de ustedes que piensen que exagero, llamo su atención sobre algún comportamiento bastante extendido en las familias con perro que está basado en el deseo de suplantación de los valores morales del hombre por parte del perro. Por ejemplo, está mal mearse en la alfombra del salón, pero no en el pavimento de la terraza cubierta; está mal comerse los zapatos «Manolo Blahnik», pero está bien mordisquear

aquella zapatilla vieja que le regalamos. E intentamos que el perro sepa distinguir la opción correcta entre esas dualidades, que para él no son tales. Estos casos domésticos, inocuos casi siempre -a excepción quizá de lo referido a los manolos, que cuestan un pastón-, tienen algunas connotaciones mucho más dramáticas.

Me consta con horror que en lo más profundo de algunas costumbres espeluznantes como, por ejemplo, el sacrificio de los Galgos que cazan «mal», reside esa misma concepción malsana según la cual el perro es capaz de distinguir y comprender nuestros caprichosos designios morales.

Por eso, nada más escuchar a la periodista a la que me refería en el comienzo del artículo, una sensación gloriosa recorrió mi pobre cerebro, una satisfacción que estaba deseando sentir desde hace años. Los lectores de El Mundo del Perro que han tenido la paciencia de seguir mis artículos saben que a menudo me he referido a la prédica en el desierto que supone divulgar en torno al respeto y el amor por los animales en nuestro país. Y no me refiero sólo a comportamientos de particulares para con su perros. Resulta muy desesperante, por ejemplo, llevar tantos años tratando de explicar las claves de la relación entre el perro y el ser humano y encontrarse todavía con presuntos  Adiestradores que practican eso tan patético que denominan «someter al animal» y que consiste en agarrarle por el collar y aplastarle contra el suelo entre gritos presuntamente autoritarios. O esos otros que recomiendan el acto insólito de restregar el hocico del perro sobre sus deyecciones para que no las repita en el futuro en ese lugar. Por eso, pienso que si a la información general, esa que la gente lee en el autobús o escucha mientras realiza sus tareas domésticas, ha llegado ya el concepto de que el animal es un ser cargado de instintos que no le queda más remedio que seguir, hemos dado un

paso de gigante para acabar con el oscurantismo.

 

LIMITACIÓN DE UNA REALIDAD INMENSA

Uno de los papeles más interesantes que el perro asume para los que somos aficionados a su compañía es ese al que a veces me refiero como de embajador de la Naturaleza

en la sociedad urbana. Cualquiera que se desprenda de los prejuicios que en nuestra más tierna infancia nos crearon los goofies, plutos, rintintines y compañía, no tarda en descubrir al perro como un animal lleno de instintos que despliega cada día ante nuestros asombrados y ávidos ojos. Ello es lo que le confiere esa estabilidad de sentimientos que tan reconfortante resulta para los seres humanos, tan saturados de juicios morales y del qué dirán. Y entre todos esos instintos, la conservación, cuya base primordial es la obtención de alimento, y la reproducción, materializada en el deseo sexual, son el eje en torno al cual gira su vida. Y, para garantizar el éxito en ambos empeños, completa la tríada un territorio que mantener libre de depredadores y de rivales en el cortejo sexual y donde obtener el sustento.

Sin embargo, los propios especialistas en etología y comportamiento canino se muestran reacios a entender el perro como un simple conjunto de instintos, lo que algunos describen, no sin cierta connotación peyorativa, como teoría de la «caja negra». Sin entrar a valorar unas u otras posiciones, lo cierto es que a los aficionados observadores,

esa tríada de sexo, comida y territorio se nos queda corta para explicar muchos comportamientos de nuestro mejor amigo. Refirámonos, como el ejemplo más  espectacular, a las habilidades casi esotéricas descritas por Rupert Sheldrake en su conocida obra «De perros que saben que sus amos están camino de casa». En ella se cuentan detalladamente decenas de casos de perros que se muestran inquietos a partir del momento exacto en que su dueño parte del trabajo con dirección a casa, a kilómetros

de distancia. Lo más excitante de los casos detallados en ese libro es que el profesor Sheldrake desarrolla un complejo sistema, en el que no faltan cámaras de video grabando simultáneamente al propietario y al perro en los instantes decisivos, para demostrar la certeza de los hechos en los que basa sus teorías.

 

RAZONABLE ESCEPTICISMO

No es necesario llegar tan lejos para mostrarse escéptico. Estudios actuales describen la presencia de comportamientos de juego en algunas especies animales, entre las que se encontraría el perro. Estas conductas llevan muchos años comprobándose en los grandes simios, pero en los últimos años se ha descubierto un comportamiento paralelo en otras familias de animales menos evolucionadas.

El caso más notable es el que demuestra en alguna especie de pájaros cantores una entrega en la emisión de sus trinos que no está relacionada con el cortejo ni con la defensa del territorio. Parece poder establecerse que el pajarillo se recrea en su canto, se divierte cantando.

Algo parecido nos parece detectar cuando vemos a canes de trabajo desarrollando su tarea. Me viene a la cabeza algún entrenamiento de perros de rescate en catástrofes

que he tenido la suerte de presenciar. Recuerdo uno en concreto en que el grupo de bomberos que lo realizaba guiaba una docena de perros todos de la misma raza, concretamente Perro de Agua Español.

Todos los canes mostraban una eficacia parecida en el resultado de su trabajo, pero, sin embargo, lo afrontaban de maneras muy diferentes unos ejemplares de otros. Se diría, si ello no fuera un sacrilegio científico, que cada uno aplicaba su propia metodología. Así,

mientras unos salían del lado de su guía con el hocico pegado al suelo y no variaban esta posición en todo el rastro, otros venteaban el conjunto del entorno antes de salir disparados tras la pista. Los había, incluso, que buscaban una posición elevada encima de un montón de escombros y una vez allí adoptaban una actitud que se diría la del centinela que quiere hacerse una idea global de las dimensiones y orografía del campo de operaciones.

No antes de ello comenzaban su trabajo de seguir el rastro y encontrar con presteza su objetivo.

Y sin llegar a tanto, seguro que cualquiera de nuestros lectores propietarios de perros guardará en su memoria ocasiones en las que su animal se ha entregado a juegos o actividades que nada tienen aparentemente que ver con ninguna de las necesidades a que se refiere la tríada, necesidades, por cierto, cubiertas desde hace generaciones y sin el más mínimo esfuerzo para la mayoría de las líneas de perros domésticos. En cualquier caso, no hay placer más fascinante para un aficionado a los perros que deleitarse observando la puesta en práctica cotidiana por parte de nuestros canes domésticos de estos instintos reminiscentes.

En el fondo, tampoco habría de ser tan extraño para nosotros ese comportamiento de criaturas tan próximas a nosotros. En realidad sexo, comida y territorio son también las principales motivaciones que mueven los impulsos de la especie humana, flotando en ese magma llamado dinero que liga a los tres instintos. ¿Qué es la burbuja inmobiliaria sino el resultado de un desarrollo hipertrofiado de la necesidad territorial? ¿Nos veríamos involucrados en la vorágine del trabajo diario si no nos moviera a ello la necesidad de alimentarnos varias veces al día? Y en cuanto a la importancia del sexo, reconozcamos que tan grande es en nosotros que incluso hemos inventado toda suerte de mecanismos capaces de separarlo de la reproducción, con lo que hemos llegado un

paso más allá de lo que la Naturaleza dicta.

Aunque la Historia Natural establezca que el animal más próximo a nosotros desde una óptica evolutiva es el simio, el animal que vive a nuestro lado desde hace milenios

es el perro…, y la verdad es que casi todo se pega.

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