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La orina canina, su lenguaje oloroso y el césped

La orina canina, su lenguaje oloroso y el césped
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Aunque algunos lo ignoran, la mayoría sabemos que tanto la orina de los animales como de las personas puede afectar o perjudicar en mayor o menor medida tanto al césped como a otras plantas que sean rociadas con esta sustancia. Todo depende de la frecuencia, la cantidad, las condiciones climáticas, etcétera. Cuando el perro micciona o defeca, además de llevar a cabo una necesidad básica y fundamental para su organismo, también le sirve para comunicarse con sus congéneres.

De esto debemos deducir y entender que una «meadita» ocasional sobre una planta o porción de césped no tiene por qué causar mayor perjuicio que la mancha derivada de tal acto, cuyos efectos desaparecerán con el próximo riego o la siguiente lluvia. Es más, incluso si el animal orina en el mismo lugar de vez en cuando, el efecto de estas micciones puntuales (nunca realizadas a diario) podrán decolorar la parte de hierba sobre la que cae la orina, pero no tienen por qué llegar a secarla siempre y cuando el césped tenga el tiempo suficiente para recuperarse y reciba los cuidados mínimos necesarios (riego, abonado y segado periódicos). Lo dicho tiene menos validez si vivimos en una zona húmeda de lluvias permanentes y abundantes, donde el agua que cae del cielo se encarga de limpiar y diluir la orina.

En cualquier caso, debemos tener claro que la orina perjudica y afecta severamente al césped y otras plantas si se rocía una o varias veces en el mismo punto todos los días. Cuando esto sucede, el poder abrasivo de ciertos componentes de este líquido (ácido úrico, por ejemplo) va actuando progresivamente sin pausa y dejan ver sus perniciosos efectos a corto plazo, ya que el césped no tiene tiempo ni posibilidad de recuperarse, por lo que se seca. Al secarse, las plantitas de hierba se mueren y con el paso del tiempo, se descomponen y desaparecen dejando al descubierto la tierra que antes cubrían. Así, debido a este ininterrumpido proceso, es como aparecen las denominadas «calvas» en lo que antes asemejaba un uniforme manto verde.

Vistos los efectos negativos que puede tener la orina sobre el césped, lo siguiente que debemos hacer es ver la función y los diferentes significados que pueden tener para el perro tanto la orina como el propio acto de orinar.

El perro, igual que su antepasado el lobo y otros cánidos, usa la orina principalmente para delimitar y marcar su territorio. Pero con estas señales «personalizadas» no sólo puede informar a sus congéneres de que ese territorio está ocupado o le pertenece, también puede indicarles que se mueve regularmente por la zona o que sólo ha pasado o pasó por allí en algún momento.

Al mismo tiempo, los canes que investigan estas marcas de orina obtienen importantes datos sobre el «autor», entre otros el sexo (si es macho o hembra), la edad (si es cachorro, joven o adulto), el estado de ánimo (si está asustado, tranquilo, enfadado, sexualmente activo, etc.); si de una hembra se trata: si está o no en celo, si tiene pseudoembarazo, si está preñada o hace poco que ha parido.

En este sentido, tampoco podemos olvidar que el carácter y el rango jerárquico del perro juegan un importante papel. Respecto al carácter, porque es obvio que los ejemplares más dominantes tienen mayor predisposición a tapar con su orina las «marcas» de otros perros, sobre todo de su mismo sexo. En referencia al rango jerárquico, porque los individuos que ocupan los puestos más altos en la estructura jerárquica del grupo, que suelen ser los más dominantes, están obligados casi irremediablemente por su «rango» a tapar con sus «marcas» las de miembros inferiores para así seguir autoafirmando su superioridad.

Ahora que sabemos a grandes rasgos el importantísimo y necesario papel comunicativo que cumple y representa la orina para el perro, tanto en el aspecto social como en el jerárquico, podemos pasar a observar las causas que propician este tipo de problemas; así, al conocerlas, estaremos más capacitados para desarrollar la solución que más se ajuste a nuestra situación, entorno y demás circunstancias.

Por lo general, este problema se manifiesta porque normalmente la mayoría de las personas que viven en una casa con jardín caen en el error de creer que con ese terreno a disposición del animal éste no necesita salir a la calle para nada.

También hay algunos dueños que a pesar de saber que aun viviendo en una casa con jardín, el perro debe salir a la calle al menos una vez al día como mínimo una hora para reconocer e inspeccionar la zona o urbanización, relacionarse con otros canes y hacer ejercicio, pero no lo hacen por comodidad u otros motivos. En cualquier caso, lo peor es que tampoco han pensado acondicionar dentro del terreno una o varias zonas a modo de «aseos caninos» que el animal pueda utilizar. Así, más pronto que tarde, todos estos dueños terminan quejándose del más o menos lamentable estado del jardín y empiezan a buscar una solución.

De este último grupo de dueños, unos, leyendo libros y revistas especializadas y/o contactando con profesionales (educadores/adiestradores, veterinarios o criadores), intentan encontrar un método o sistema que haga compatibles el bienestar de su amigo canino y el del jardín. Otros, poniendo en primer lugar al perro, asumen el dicho popular (citado muchas veces por un buen amigo) «la agricultura y la ganadería no son compatibles en el mismo terreno» y optan por no preocuparse más del jardín. Pero algunos, sin reconocer su error, culpan únicamente al perro y dan prioridad al jardín, con lo que deciden vallarlo para impedirle el acceso, le atan a una cadena, le encierran o se deshacen de él.

Este último tipo de dueños deberían entender, primero, que el perro no es el culpable; ya que no ha elegido vivir tal situación y como no se le da otra opción, no tiene oportunidad de hacer otra cosa; segundo, tendrían que recapacitar y pensar que atarle o encerrarle no es la mejor solución. En este caso el perro, normalmente, sufrirá un cambio de comportamiento que puede influir negativamente en la convivencia familiar; es decir, se suele «estresar» y mostrar un comportamiento más ansioso, ladrador, nervioso, etcétera.

Existen algunas opciones que permiten compatibilizar el jardín con el perro sin que éste pierda libertad, además de respetar la conducta social y jerárquica de su especie. Dichas opciones pueden llevarse a cabo en conjunto o por separado y adaptadas a nuestro caso concreto con el fin de resolver el problema, si no del todo, sí en gran medida.

Lo ideal es que desde el momento en el que el perro (cachorro, joven o adulto) entra a formar parte de la familia sea sacado a pasear varias veces al día (mañana, tarde y noche), para que en poco tiempo se acostumbre a hacer sus necesidades fuera de la casa y el jardín. En caso de que no hagamos esto desde el primer día o no mantengamos tal rutina, miccionar y defecar en el jardín se convierte en un hábito normal y rutinario para el perro. Este hábito, una vez instaurado, puede resultar difícil de eliminar del todo, puesto que la costumbre de hacer sus necesidades todos los días en el mismo sitio suele arraigarse en el animal; además de que el estímulo oloroso de anteriores micciones permanece emanando su aroma durante cierto tiempo, y éste, a su vez, puede incitarle a orinar en esos puntos alguna que otra vez.

Lo ideal es que desde el momento en el que el perro (cachorro, joven o adulto) entra a formar parte de la familia sea sacado a pasear varias veces al día (mañana, tarde y noche), para que en poco tiempo se acostumbre a hacer sus necesidades fuera de la casa y el jardín. En caso de que no hagamos esto desde el primer día o no mantengamos tal rutina, miccionar y defecar en el jardín se convierte en un hábito normal y rutinario para el perro. Este hábito, una vez instaurado, puede resultar difícil de eliminar del todo, puesto que la costumbre de hacer sus necesidades todos los días en el mismo sitio suele arraigarse en el animal; además de que el estímulo oloroso de anteriores micciones permanece emanando su aroma durante cierto tiempo, y éste, a su vez, puede incitarle a orinar en esos puntos alguna que otra vez.

De todos modos, si nos lo proponemos y tenemos la posibilidad de sacar al perro varias veces al día, le felicitamos con caricias y halagos cuando orina y defeca en la calle y le reprendemos cuando lo hace en el jardín, probablemente en poco tiempo comprenderá lo que pretendemos que haga y se acostumbrará a realizarlo fuera, o al menos apenas lo hará en el jardín.

Eso sí, en previsión de evitar en la medida de lo posible que siga recibiendo el mensaje oloroso de anteriores micciones y que éstas le inciten a orinar en más ocasiones, deberíamos rehabilitar las «calvas» o zonas donde el perro orinaba o haya orinado regando, abonando y plantando nuevo césped para eliminar ese olor y el estímulo que le podría provocar volver a orinar en esos puntos.

Si no nos es posible sacarle a la calle todos los días y/o diariamente tres veces tendremos que aprovechar el instinto territorial, más o menos desarrollado en todos los perros, para que lo haga en el sitio que nos interese; para ello acondicionaremos varias zonas a modo de «aseos caninos», estratégicamente colocados en los límites y las esquinas del jardín que además le servirán como «zona de marcaje territorial ». Estos «aseos» deben estar colocados como mínimo 10 centímetros por encima del suelo y tener una superficie aproximada de un metro cuadrado.

Su superficie debe estar delimitada con bordillos, mejor de cemento, que impedirán que se desparrame la arena de río con la que los rellenaremos.

Por supuesto, también colocaremos en el medio un tubo o poste de cemento u otro material para que el macho se vea estimulado a levantar la pata.

Para ayudarle a entender mejor la función que tienen estas zonas, sería recomendable que los primeros días depositemos encima de la arena alguna de sus deposiciones y que rociemos ésta y el poste para machos con un poco de amoniaco algo rebajado con agua, cuyo olor se asemeja al de la orina. Estas emanaciones olorosas y nuestras felicitaciones cuando está usando la zona conseguirán que paulatinamente el perro utilice estos «aseos» cada vez con más frecuencia.

Finalmente, comentarte que no todas las calvas del césped son producidas por la orina de los perros, ya que puede verse afectado por algún tipo de hongo; por ello, te recomendamos buscar información especializada al respecto.

Texto: Ignacio Martínez.

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