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Perros palaciegos

Perros palaciegos

Texto: Manuel Cruz Conejo.

A lo largo de la historia algunos personajes de la realeza o de la nobleza europea sintieron especial atracción por los animales de compañía. Fue a partir del Renacimiento cuando el perro dejó de ser considerado únicamente como auxiliar de caza y comenzó a gozar de un status de animal de compañía.

Estos perros cortesanos, además de ser unas simpáticas mascotas, fueron en muchas ocasiones mudos testigos de excepción de las intimidades palaciegas de muchas reinas, a la vez que fieles compañeros en sus horas de alegrías o de desdichas. En los primeros años del siglo XVI, en Italia vivía una noble dama llamada Eleonora Gonzaga, hermana del duque de Mantua, que casó con Francesco María della Rovere, duque de Urbino. Esta noble dama era propietaria de un pequeño spaniel, según podemos ver en el retrato que de ella pintó Tiziano entre 1536-1537.

Si damos un gran salto en el tiempo y nos trasladamos a la Inglaterra victoriana, veremos que la princesa Victoria Adelaida María Luisa, a la que familiarmente llamaban Vicky, era hija primogénita de la reina Victoria, de la que heredó su gran amor por los animales de compañía, especialmente los perros.

Tras su matrimonio con el príncipe Federico de Prusia, llegó a tener en palacio varios ejemplares de Teckels. Por su parte, la emperatriz Elisabeth de Austria, más popularmente conocida con el sobrenombre de Sissi, fue propietaria de un perro que, igual que su sombra, nunacertado nombre que le puso «Shadow». Según la fotografía que se conserva en la Biblioteca Nacional de Austria, y que ilustra la tarjeta postal que damos a conocer en estas líneas, emitida por la firma Verlag Stefan Gaukell, «Sombra» era un perro blanco de aspecto rústico.

Por su imagen podemos ver que se trata de un braco que toma nombre de la provincia austríaca de Istiria (Braco de Istiria). Los ejemplares de esta raza son de buen carácter, tranquilos y serios. A pesar de ser unos buenos cazadores pueden igualmente servir como unos buenos perros de compañía.


PAPILLONES CORTESANOS

El Papillon (Mariposa) debe su nombre a la semejanza morfológica de sus orejas con una crisálida. Un ejemplar de esta raza fue propiedad de Luis XIII, rey de Francia, casado con la princesa española Ana de Austria (hermana de Felipe IV), a la que despreció desde el mismo día de la boda que, como tantas, fue concertada por razones de Estado.

El Papillon fue también una de las razas preferidas por Juana Antonieta Poisson, más conocida como Madame Pompadour, a la que Luis XV otorgó el marquesado de este nombre, por los favores que de ella recibió durante los catorce años que fue su amante. La marquesa de Pompadour fue mecenas del pintor Nattier, quien a mediados del siglo XVIII pintó un retrato de la tercera hija de Luis XV, princesa María Ceferina de Francia, junto a su perrito de compañía que, a juzgar por la pintura de tan prestigioso retratista de la corte, el chucho no era ninguna belleza.

Al morir de viruelas el monarca, el trono de Francia pasó a Luis XVI, propietario que fue de una de las mejores jaurías de Berner Laufhund que había en Europa. Este sabueso suizo necesita mucho ejercicio cuando no está cazando.

Para el monarca francés esto no fue problema alguno, ya que con frecuencia sus sabuesos se ejercitaban en los prados y bosques cercanos a palacio.

LOS CANICHES DE MARÍA ANTONIETA

En la primavera del año 1770, Luis XVI contrajo nupcias con María Antonia Josefa Juana, archiduquesa de Austria y de Lorena, popularmente conocida como María Antonieta, quien tras el enlace se convirtió en reina de los franceses. Cuando María Antonieta se despidió de su familia y de su Viena natal para marchar a Francia, lo hizo no con la alegría de quien va a contraer deseado matrimonio con un rey, sino con la pesadumbre y tristeza de quien abandona a sus seres más queridos, entre los que se encontraba su inseparable Caniche. Al poco tiempo de la boda, la nueva reina de Francia pidió al marqués de Mercy, embajador austríaco acreditado en la capital francesa, que le trajese de Viena su perrito, deseo que el diplomático se apresuró en hacer realidad al poco tiempo.

Aunque María Antonieta sentía especial predilección por los perros de esta raza, es justo decir que la higiene de éstos dejaba mucho que desear, según se desprende de cierta observación que sobre ellos hizo el citado embajador austríaco: «Madame la Dauphine siente un gran cariño por los perros, de los que ya tiene dos que, desgraciadamente, van muy sucios».


FIDELIDAD CANINA

A mediados de julio de 1789 la toma de la Bastilla marcó el inicio de la Revolución Francesa. Tres años más tarde, Luis XVI y María Antonieta fueron obligados a permanecer recluidos en palacio, del que, con ayuda externa, escaparon al poco tiempo. Esta libertad fue muy efímera, ya que a los pocos días fueron casualmente descubiertos y detenidos en Varennes. Tras un corto confinamiento en las Tullerías, fueron finalmente encarcelados en la Torre del Temple, donde María Antonieta estuvo en todo momento acompañada de uno de sus Caniches.

El 21 de enero de 1793, el rey fue guillotinado, y el miércoles 16 de octubre, poco después del mediodía, la reina corría la misma desdichada suerte. No serían los únicos, la guillotina no había hecho más que comenzar a funcionar.

Se cuenta que cuando María Antonieta abandonó la celda camino del patíbulo, inmediatamente fue encerrado en ella otro conspicuo prisionero: el nuncio del Papa acreditado en París. Éste, en sus memorias, refiere que el pequeño perro de compañía de María Antonieta fue recogido y adoptado por Richard, el carcelero, y que a diario acudía por la mañana a visitar la celda que había ocupado la reina para oler su cama. El fiel ritual afectivo se repitió durante varios meses.

EL PERRO DEL REY CARLOS

Si hablamos de perros reales, no debemos olvidar al King Charles. Es un perro muy vivo, dócil, inteligente, de buen olfato, que le gusta intercambiar afecto con su dueño. Es muy comodón y procura disfrutar de los rincones más confortables de la casa. Es, por tanto, el perro de compañía por excelencia. Esta raza fue muy estimada por la nobleza inglesa durante el siglo XVI. Debe su nombre al rey Carlos I de Inglaterra, propietario que fue de algunos ejemplares de esta especie canina por la que sentía especial debilidad, y que fomentó en gran medida su crianza.

Se llegó a decir que en la corte de Isabel I de Inglaterra, las damas lo utilizaban de calientapiés. El King Charles fue también la raza preferida de María Estuardo, reina de Escocia que usó también el título de reina de Inglaterra tras la muerte de María Tudor, esposa de Felipe II. Esta atribución, que ella consideraba legítima, y su singular belleza generaron un encendido odio en Isabel I, que dicho sea de paso no era ninguna beldad, quien ordenó encerrarla en la Torre de Londres, donde fue decapitada en 1587. Se cuenta que tras su ejecución el verdugo encontró escondido en su regazo el King Charles que durante muchos años fue su fiel e inseparable amigo.

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