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Aprender de nuestro perro

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De vuelta en la ciudad desde las vacaciones retomo mis paseos por los parques cercanos a casa. La calma veraniega forzada por el sol arrasador —más arrasador que abrasador, como sugería el llorado alcalde Tierno— y el éxodo vacacional habían desertizado de brotes y de paseantes estas praderas. Ahora las temperaturas se han suavizado, y junto con las briznas verdes regresan las personas y también sus perros. Reproducen una escena paralela a la que se ha vivido en los colegios de los más pequeños, cuando los compañeros del curso anterior se reencuentran en el nuevo. Se diría que entre revolcones, carreras y olisqueos indiscretos se están los perros contando entre sí sus vacaciones.

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Tenía yo un compañero de oficina que siempre que volvía de sus vacaciones decía que a él le pasaba con el aterrizaje en el trabajo lo contrario que a los pilotos de líneas aéreas: éstos cuantas más maniobras de aterrizaje van acumulando con los años, mejor y con más suavidad posan el avión en tierra. Mi compañero, por el contrario, afirmaba que cuantos más años pasaban, cuantas más veces se enfrentaba al duro trance de regresar de las vacaciones estivales, peor se le daba el aterrizaje en la rutina laboral y con más virulencia se le manifestaba ese mal estos días tan comentado del «estrés postvacacional». Aquello no era aterrizar, según él. Aquello era más bien caerse del cielo con todo el equipo.

Nada de esto sucede con la rentreé canina. Se vuelven a ver todos los perros en el mismo claro del parque, y todos más o menos tienen el mismo comportamiento que los definía antes de la huida estival. El atleta que se dedicaba a correr alrededor del cuantioso grupo de amos y perros que allí se reúne a hora fija, sigue trazando en torno a aquél la misma eclíptica sobre el agostado césped. Hoy, es la novedad quizá, algún otro perro se une al circuito, quizá alguno que tiene peor memoria que los demás. Eso da lugar a algún revolcón más amistoso que frustrante.

Lo más habitual, excepción hecha de los cachorrotes, es que estos atletas que corren a prudente distancia del grupo humano sean ejemplares de pequeño tamaño.

En su loca carrera circular rozan casi el suelo con el pecho, lo que los hace parecer, si cabe, más pequeños todavía. El papel adoptado, en cambio, por los ejemplares más grandes se diría más serio. Ellos permanecen pegados al grupo humano que conversa en el centro, a veces en contacto físico con su amo y, desde luego, en ningún caso perdiendo con éste el contacto visual y olfativo. Otean en la distancia la aproximación de visitantes, ventean la llegada al grupo de nuevos perros y vigilan atentos el correteo de los atletas circulares, que siguen mientras tanto montando su particular follón aderezado con algún ladrido. En realidad lo que formamos allí perros y amos no es diferente a un singular rebaño en el que la línea que separa funcionalmente al pastor del perro, tenue por naturaleza, se ha desdibujado definitivamente.

Se me ocurre que la visita regular a estos rebaños de parque urbano hubiera sido una buena terapia de anticipación para esas madres con hijos pequeños que han vivido con ansiedad la llegada del nuevo curso escolar, y para la angustia con la que algunos chavales viven la separación que ello conlleva. También en esto se puede aprender mucho de los perros. La inexistencia del concepto «tiempo» en la mente canina, inexistencia que alguna vez he escrito —siguiendo con torpeza, como no, al por otras razones inmortal Borges— los hace inmortales, propicia una relativización de cada momento que a mí no me cabe duda de que es una de esas cosas a aprender por el ser humano, y si es de niño, todavía mejor. Cuando el perro llega al parque no tiene conciencia de si su periodo de juego va a ser corto o largo, simplemente se entrega a la diversión mientras ésta dure.

Tanto el perro atleta como el vigilante disfrutan al cien por cien de esa actividad que tanto placer les reporta.

Cada carrera la disfrutan como si fuera la última. Ninguno se pregunta cuánto falta para que finalice el recreo, ninguno mira al cielo para atisbar si la meteorología permitirá mañana el juego. Simplemente disfrutan mientras el juego dure.

Lo que viene luego no es peor, cuando la llegada del anochecer aconseja regresar a casa cada uno con su perro. Ninguno sabe a ciencia cierta cuánto tiempo lleva allí. Tanto si es poco como si es mucho, algunos se resisten un poco a irse, sobre todo si se hallan entregados a juegos colectivos. Es momento de demostrar un poco de calma, no apresurarse a fijar la correa antes de lo adecuado y evitar así interferir en el complejo protocolo de señales que los perros intercambian tanto para encontrarse como para despedirse. Un tirón inoportuno, una separación con brusquedad, podría ser malinterpretada por su compañero de juegos e incluso por nuestro propio perro. Pero salvado ese momento delicado, lo que espera al perro ahora es también divertido. Pongámonos en su papel: recorreremos a la inversa el camino que habíamos traído hasta el parque. Por allí, en aquel matojo o en este alcorque, reconoceremos nuestro propio olor dejado en el trayecto de ida, una experiencia que nos tranquiliza y nos agrada, el movimiento del rabo lo delatará.

Es posible que encontremos también el olor de uno de nuestros recién despedidos compañeros del parque. La intensidad del momento no nos permite recordar ya nada de lo que andábamos haciendo hace pocos minutos, pero persiste en nuestro cerebro de cánido, ajeno al tiempo, ese olor inconscientemente asociado al juego y a un momento de diversión. Una nueva sensación grata, pues, y vuelta a mover el rabo. Dejaremos, sin embargo, de moverlo cuando detectemos el olor de un perro desconocido.

Aquí hay que pararse y olisquear con cuidado, descodificar al máximo el mensaje que nos dejan las feromonas de ese «intruso». Y después, obviamente, cubrirlas con las nuestras propias, que quede claro quién estaba aquí primero. Y después rápido a casa, que nos espera la comida, o una golosina, u observar el extraño ritual de la cena de nuestros dueños con ese despliegue de loza y cristalería. ¿El tiempo? Qué más da. El tiempo es tan sólo una convención escrita por la especie humana sobre la superficie de la esfera de un reloj. Mañana será otro día. Disfrutémoslo, pero no nos olvidemos de disfrutar también el día de hoy.

Esa actitud de relativización del tiempo es la que sugiero que quizá ayudaría a liberar tensión a la madre y al niño enfrentados por primera vez a su separación durante la jornada escolar, o a ese compañero que cada año aterriza peor de sus vacaciones. Y no sólo a ellos.

Quizá también a todos nosotros, hoy amenazados por esa hidra de múltiples cabezas llamada «mercados», que nadie sabemos con exactitud qué son ni en qué exactamente se materializa para cada uno de nosotros su amenaza. Pero que aun así nos paraliza con imprecisos augurios de posibles futuras miserias y pretende así impedirnos disfrutar de algo tan singular, tan bello y tan fugaz como es cada minuto presente de nuestra vida.

No nos dejemos, pasemos a la acción: aprendamos de nuestro perro.

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