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¿Por qué muerden los perros?

Foto: El Mundo del Perro - Alberto Nevado.
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Foto: El Mundo del Perro - Alberto Nevado.

Texto: Patricia Lozano.

jueves 14 de marzo de 2019, 10:31h

En los perros morder es un comportamiento natural y necesario para su desarrollo y supervivencia, pues se trata de una forma de comunicación mediante la cual adquieren estatus en su comunidad, mantienen su liderazgo, protegen su territorio y a sus cachorros o responden al miedo. Un perro que atienda a sus instintos no tiene por qué ser agresivo y es responsabilidad de los propietarios que sus mascotas sean equilibradas y sepan controlar su mordida.

Foto Ibán Gaztaña Arrieta.
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Foto Ibán Gaztaña Arrieta.

Que un perro muerda no significa que sea agresivo o que tenga problemas de comportamiento. Los canes de cualquier edad necesitan satisfacer la necesidad de morder porque, además de que es esencial para mantener una dentadura fuerte y sana, en la naturaleza la boca es una de las herramientas más poderosas que poseen para su supervivencia: obtienen alimento, conservan su estatus, protegen sus dominios y se defienden de posibles depredadores. Es tan importante que aprenden a emplear su mordida desde muy temprana edad, pues los cachorros, vigilados por su madre, usan sus dientes para mordisquear objetos, a sus hermanos e incluso a ella misma, que intervendrá en el momento que considere necesario con un gruñido o un intento de morderlos. Con este entrenamiento aprenderán a alimentarse, a cazar y a trasladar objetos o a sus propios cachorros en el futuro.

ALGO NATURAL
Hay que comprender que el acto de morder es un comportamiento natural y normal para los perros y que es muy importante no separar a las crías de su madre y sus hermanos antes de tiempo para que lleguen a ser adultos equilibrados.

Para comprobarlo, nada mejor que observar a los cánidos en estado salvaje; se organizan en jaurías en las que existe una jerarquía social comandada por un líder cuyas atribuciones son controlar las insubordinaciones y peleas, cuidar de los suyos y reproducirse para transmitir los mejores genes a la siguiente generación. En este contexto, la agresividad hacia los congéneres es una forma de sobrevivir, pues los más fuertes logran las mejores partes de la presa o los favores de las hembras, con lo que este comportamiento cumple una función. Pero, al mismo tiempo, es muy importante que el animal haya aprendido a controlar esa agresividad ya que, si no lo hiciera, muchos enfrentamientos acabarían con la muerte de alguno de los oponentes y no es eso lo más lógico cuando de perpetuar la especie se trata. Por este motivo, la educación de la madre en la más tierna infancia resulta fundamental, y si nuestra mascota ha pasado con ella el tiempo suficiente ya tendremos la mitad del camino recorrido, pero aún nos quedará trabajo por hacer.

Al ingresar en un grupo familiar, el perro ve a sus componentes como parte de una jauría, por lo que hay que ponerse manos a la obra de inmediato para que conozca las reglas de su nueva manada. Generalmente, los canes no tienen problemas para aprender a no ser agresivos con los humanos cuando se integran en una familia que les enseña las normas de comportamiento y el lugar que ocupan en el grupo; es preciso que el animal entienda que todas las personas, sin excepción, están por encima de él, así como qué le está permitido hacer y qué no.

Foto: Alberto Nevado - El Mundo del Perro

El mejor momento para que el cachorro llegue a casa es a los tres meses de edad, justo cuando comienzan a brotarle los dientes y se inicia la etapa en la que muerde todo lo que encuentra para aliviar las molestias que esto le ocasiona. Proporcionarle juguetes para este fin y distraerle con otras actividades pueden ser dos de las mejores maneras de controlar la masticación excesiva. Y es en este momento cuando debemos inculcarle una de las enseñanzas más importantes: la inhibición de la mordida.

Hasta el momento, el animal habrá aprendido a controlar su fuerza con sus congéneres pero tenemos que hacerle entender que los humanos somos mucho más sensibles y que debe extremar las precauciones. Así, al jugar con él, le haremos saber cuándo sus mordiscos son dolorosos utilizando la misma técnica que sus hermanos, es decir, emitiendo un quejido agudo que le recuerde a los gruñidos con que éstos le avisaban cuando su mordedura era demasiado fuerte y, a continuación, parar el juego. Con ello entenderá que para que la diversión prosiga tiene que controlar su fuerza y, aun cuando ya no haga daño, es recomendable seguir mostrando dolor hasta que la presión se transforme en una suave dentellada. Y es que, el intentar anular este comportamiento podría hacer que el perro nunca llegase a controlar la fuerza de sus mandíbulas, por lo que una mordedura en su edad adulta sería muy peligrosa.

El hombre se ha beneficiado del perro especializándolo en distintas labores pero el canis familiaris también ha sabido aprovechar esta relación asegurándose la supervivencia de la especie. Así, mientras reciba su ración de comida, cuidados, mimos y tenga claro cuál es su lugar en la “manada”, no habrá problemas, pues no tendrá necesidad de recurrir a la agresividad para sobrevivir. Simplemente será un animal juguetón que utilizará sus mordiscos como meros vehículos de diversión. Sin embargo, en la edad adulta pueden producirse peleas provocadas por la defensa del territorio o por una hembra en celo. Esto no tiene por qué ser peligroso siempre que los ejemplares que estén midiendo sus fuerzas, sean equilibrados y hayan sido criados y socializados de manera correcta.

Cuando adquirimos un perro, independientemente de la raza a la que pertenezca, es absolutamente necesario que tengamos conciencia de la enorme responsabilidad que asumimos como propietarios. Tendremos que vigilar su educación y consultar cualquier problema con el veterinario o un especialista en comportamiento canino. El tener un perro fuera de control es una forma de maltrato; sería como tener un hijo y no proporcionarle educación. Pero no es solamente una responsabilidad para con nuestro perro, sino también para la sociedad en la que tanto nosotros como nuestra mascota nos desenvolvemos.

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