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Foto: Alberto Nevado - El Mundo del Perro.
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Foto: Alberto Nevado - El Mundo del Perro.

Tener un perro, responsabilidad familiar compartida

jueves 07 de mayo de 2020, 18:13h
Todos los años, muchos son los padres que, tras cierto período de tiempo oyendo las insistentes peticiones y constantes ruegos de sus hijos, finalmente acceden y traen un perro a casa; por lo general un cachorrito.
Sin embargo, después de unos meses o algún año con el perro, de pronto aseguran, arrepentidos, que la convivencia con el animal ya no es sostenible y alegando diferentes razones, intentan justificar que deben deshacerse de él, para más pronto que tarde acabar haciéndolo. De este grupo de dueños, unos consiguen encontrarle otro hogar; otros logran que sea aceptado en una protectora de animales (a pesar de estar saturada); y en último lugar están aquellos que eligen la opción más despreciable, abandonarlo sabiendo que sufrirán múltiples calamidades (hambre, frío, malos tratos...) o que puede provocar algún accidente y morir atropellado.

Sea como fuere, es un desagradable desenlace, tanto para el animal como para los niños, que se podría haber evitado si en su día estos padres no hubiesen tomado irresponsablemente la decisión de tener un perro.

El deseo del niño de tener un perro no puede hacer olvidar a los padres que, a veces y por diferentes razones, no siempre pueden satisfacer todos los deseos de sus hijos. Antes de tener un perro, cuando comienza a germinar la idea en el entorno familiar, los padres,

como cabezas de familia que son, deberían reflexionar seriamente sobre el asunto valorando con sinceridad los puntos que influirán a favor o en contra de tal decisión y que luego resultarán positivos o negativos en la convivencia diaria; éstos son los de ámbito familiar, material, social y psicológico.

Lo primero que deben tener claro es que un perro no es un objeto que se puede usar y tirar a libre antojo, sino todo lo contrario, un ser vivo que se entrega a sus dueños en cuerpo y alma y que a su vez de ellos requiere cariño, cuidados, alimento, paseos y educación; en definitiva, voluntad y tiempo para cubrir sus necesidades, tanto físicas como psíquicas, durante toda su vida, que será al menos de 12 a 15 años.

Estas necesidades del perro son responsabilidades y obligaciones que recaen, en mayor o menor medida, en todos y cada uno de los miembros de la familia, pero sobre todo en los padres. Estos, antes de satisfacer los deseos de sus hijos, navegan por distintos sitios web de animales para así conocer las características de cada tipo de perro, su carácter y actividad del animal física, ya que no es la misma en un perro de talla pequeña, que en una de mayor tamaño, además de considerar a la hora de elegir, si comprar o adoptar.

Generalmente, cuando éstos tienen alrededor de 6 años, empiezan a pedir un perrito a sus padres; es a esta edad cuando comienza a formarse la idea del perro como compañero de juegos. Si verdaderamente le gustan y desea fervientemente tener uno, sigue insistiendo un año tras otro.

Entre los 12 y los 14 años de edad, el niño toma conciencia de que un perro, además de ser un buen amigo con el que compartir juegos y experiencias, lleva implícitos unos cuidados y obligaciones que hay que cubrir, es decir, una serie de responsabilidades en las que se verá involucrado. Por tanto, esta puede ser una buena edad para que el niño tenga un perro. Sin embargo, antes los padres deben haberse asegurado de que su hijo será capaz de cumplir con algunas o parte de las responsabilidades, por ejemplo, sacarle de paseo, ponerle la comida, cambiarle el agua, cepillarlo...

De todos modos, los padres precavidos, además de conocer los sentimientos de sus hijos hacia los perros y de haberles acostumbrado a que realicen estas u otras tareas domésticas, les van inculcando que serán ellos los responsables del perro cuando lo tengan; aunque en la práctica saben que esto no será totalmente cierto. En realidad, los adultos responsables tienen muy claro que deben ser ellos los encargados de supervisar y controlar tanto el bienestar físico y afectivo del perro como la buena relación del niño con él.

Cada vez son más los adultos que comprenden que para el niño tener un perro no es sólo una forma de introducirle, a través del contacto con éste, en el aprendizaje, al menos en parte, de lo que debe saber sobre el comportamiento canino, sino que también constituye una magnífica experiencia para que se sienta útil al descubrir que el animal al que tanto quiere depende en gran parte de él. Por eso, cada día aumenta el número de padres responsables que están dispuestos a sacrificarse un poquito más por sus hijos, para compartir y experimentar las responsabilidades y obligaciones de cuidar y educar juntos a otro ser vivo, en este caso, un perro.

Texto: Ignacio Martínez.

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