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Diógenes el Cínico. Pintura de Jean-Léon Gérôme, 1860; Walters Art Museum (Baltimore, Maryland USA).
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Diógenes el Cínico. Pintura de Jean-Léon Gérôme, 1860; Walters Art Museum (Baltimore, Maryland USA).

«Likanikós» y el cinismo político

¿Alguna vez ha llamado usted cínico a alguien? ¿Se lo ha llamado alguien a usted? Si acudimos a un diccionario de bolsillo para saber qué significa tal adjetivo, no encontraremos mucho más que «dícese de quien defiende o practica con descaro y deshonestidad acciones o doctrinas vituperables». Quién le iba a decir al ciudadano de Sínope Diógenes el Cínico (413–323 a.C.) que los libros de la posteridad, veinticuatro siglos después de su muerte nada menos, iban a hacer una definición de su movimiento intelectual que habría gratificado tanto sus cínicos oídos.

Porque mira que presumía Diógenes en su época de ser un antisistema. Se dice que nada menos que el feroz Alejandro Magno se ofreció al filósofo para proporcionarle lo que considerara necesario y útil para el desarrollo de su pensamiento. Por toda respuesta Diógenes le requirió con vehemencia que se le apartara de delante, porque lo único que Diógenes decía necesitar del aguerrido gobernante era que no le tapara el sol.

La actitud de renuncia de los practicantes de esta filosofía a toda riqueza material era tal que mantenían que el ser humano no debía llevar consigo más propiedades que aquellas que acarreándolas no le impidieran salvarse a nado de un naufragio. Así llegaron a no tener casa ni patrimonio, a vivir por la calle bajo techos improvisados —el famoso tonel de Diógenes— y alimentarse de lo que buenamente consiguieran cada día. Los biempensantes de la época no soportaban a Diógenes, ni a su maestro Antístenes ni a ninguno de aquellos pensadores que tan a las claras dejaban sus debilidades en evidencia. Así, con la intención de despreciarles no tardaron en encontrar en su modo de vida una evidente afinidad con la de los perros callejeros, y con ese sentido en principio vituperante, no dudaron en llamar «cínicos» —del griego κυων o kyno (perro)— a los practicantes de tales ideas. No cabrá duda del sentido despreciativo con que nació tal definición si recuperamos los comentarios sobre los cínicos que escribía Teofrasto, sucesor de Aristóteles en la escuela peripatética y filósofo muy bien instalado en los círculos del poder de la época: «Son gentes que de todo maldicen y tienen una reputación deplorable. El cínico es sucio, bebedor y nunca está en ayunas. Cuando puede hacerlo, estafa. Y a quienes le descubren les golpea para evitar que puedan denunciarlo».

Lo que esos filósofos biempensantes de la época no esperaban era que aquellos rebeldes iban a agarrar sus insultos por pasiva, aceptando de buen grado la comparación con los perros hasta el punto de ser ellos los que pasaron a autodenominarse cínicos. No les fue difícil encontrar en el cánido doméstico algunas de las virtudes que reclamaban para la especie humana, como la lealtad, la valentía, el desapego ante el lujo, la indiferencia ante la riqueza y el poder y la ausencia de necesidades fuera de las del propio sustento.

Aunque me siento tentado de ello, no voy a extenderme mucho más con el tema de los cínicos, porque de lo que sí quiero dejar fe en este caniscopio de que en la Grecia se detectarón movimientos que evocaron un cierto renacimiento de aquél protagonismo canino en la resistencia ante los presuntos abusos —no conozco la situación tan en profundidad como para poder confirmarlo— del poder político. Me refiero a las fotografías que hace algún tiempo irrumpieron en los medios de comunicación, concretamente en el rotativo británico The Guardian, ilustrando las noticias sobre la revuelta de los trabajadores y desempleados griegos contra las duras medidas de aneamiento de la economía impuestas al país —y a otros países, mejor no recordarlo— por los mercados bursátiles internacionales. En esas imágenes, aparte de las amenazadoras actitudes de manifestantes y fuerzas del orden, la atención del observador se desvía hacia un personaje inesperado. En unas fotos parece liderar la carga de los manifestantes; en otras, sin embargo, se diría más bien que se une a movimientos laterales tácticos; no hemos de disimular que en otras fotos se bate en retirada sin tapujos ante la presión de los antidisturbios, sabedor de que cuando se está en minoría numérica no hay mejor estrategia defensiva que una buena huída; pero no tardamos en volver a encontrarle aparentemente al mando de una columna de insurgentes a la espera de entrar en combate; o, más tarde, revisando el curso de la batalla callejera convenientemente oculto tras un contenedor de basura que se ha salvado de la quema, parapeto desde el cual asoma de cuando en cuando la cabeza para evaluar la situación. En efecto, se trata de un perro. Y lejos de tratarse de un can callejero anónimo, este ejemplar tenía un nombre propio: «Likanikós».

«Likanikós» falleció el 9 de octubre en el 2012

He investigado y al parecer este nombre significa en griego «salchicha». Se produce así una extraña transferencia de conceptos, ya que al igual que algunas lenguas romances encuentran dificultades para diferenciar los verbos en español «ser» y «estar», es casi igual de difícil encontrar fuera del castellano diferencias entre los términos «salchicha» y «chorizo». Al llamar, pues, «Chorizo» al perro que acompaña a las clases desfavorecidas víctimas la especulación de los mercados financieros internacionales que han casi arruinado Grecia, le habremos transferido una cualidad más aplicable a esos mercaderes de la desvergüenza bancaria que al perro que lucha codo con codo con los pobres griegos que de repente se han visto sin trabajo, con su patrimonio diezmado y sin recursos.

Esta situación trae a la memoria inevitablemente a otro perro líder de la resistencia antisistema. Nos referimos a «Fidel», el perro de raza AmStaff que fue postulado en el territorio mejicano de Jalisco como candidato a la presidencia del Estado. Sus postuladores esta vez fueron los «anulistas», una facción del abstencionismo clásico que considera más afín a sus ideas el voto nulo que el voto en blanco, por lo que supone aquél de descalificación del sistema en su totalidad sin contemporizar siquiera con la posibilidad de abstenerse.

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