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El perro geriátrico

Texto: Benigno Paz

El perro geriátrico
La mejora en la sanidad y las condiciones de vida (vivienda, alimentación, trabajo, etcétera) hacen posible una mayor longevidad, no sólo en las personas sino también en nuestros perros. Las estadísticas para humanos muestran un incremento constante de las expectativas de vida, con el progresivo envejecimiento de la población. En Europa se estima que en el año 2000 había más de 61.388.800 mayores de 65 años (el 16,3 por 100 de la población) y que para el 2020 seremos 79.129.100 (el 20,6 por 100 de los europeos). En España, pasaremos de 6.842.143 (16,9 por 100) del 2000 a los 8.622.336 (19,90) en el 2020, y 12.819.889 (31,1) en el 2050. Pido disculpas, las crudas cifras comienzan a alarmarme, así que será mejor que me centre en el tema de nuestros perros.



Es indiscutible que las condiciones de vida de nuestros perros han mejorado. Ya forman parte de la familia y viven bajo techo con las mismas condiciones que sus amos (sin sufrir la intemperie); su alimentación ha mejorado y es más equilibrada, están más controlados y sufren menos accidentes, además, la atención veterinaria se ha especializado y son considerados y atendidos de forma individual, con visitas regulares y con mimo. Todo esto hace que también nuestros perros sean cada vez más longevos, lo que hace que convivamos durante más años, de forma más estrecha, compartiendo también el período de enfermedad, lo que hace que se establezcan vínculos todavía más fuertes.



Sabemos que la longevidad de nuestros perros es inversamente proporcional a su tamaño. Esto es, generalmente los perros más pequeños viven más años (mantener ese cuerpín requiere un menor desgaste). Así, un perro de talla media-grande, como un Pastor Alemán, rondará los 12-14 años, mientras que un Yorkshire es más frecuente que alcance los 15-18 años. Además, dentro de la raza deberemos tener en cuenta los aspectos genéticos, de alimentación, salud y manejo.





MÁS AÑOS, POR FAVOR

Indistintamente si son 12 ó 18 años, hay algunas decisiones básicas que podemos tomar para mejorar la calidad de vida de nuestro perro en esta etapa final, lo han dado todo y ahora es el momento de mostrarles nuestro agradecimiento y amor. Lo más importante es que una vez que nuestro perro cumple los diez años, deberíamos realizar visitas periódicas a nuestro veterinario (al menos cada seis meses) para valorar su estado de salud y tomar las medidas oportunas para adecuar su alimentación. Con la edad, lo normal es que aparezcan problemas articulares, de hígado o riñón, cáncer, hipotiroidismo, epilepsia, tumores, disfunción cognitiva, problemas geriátricos degenerativos y también problemas de comportamiento, y nuestro veterinario podrá detectarlos y aconsejarnos antes de que la situación se complique y deteriore la calidad de vida de nuestro perro.



En nuestro perro anciano, nos resultarán fácilmente reconocibles algunos cambios que afectarán a su comportamiento y al modo de interaccionar con nosotros:

  • Una disminución en los niveles de actividad general, con una menor tolerancia al ejercicio. Evitaremos juegos que impliquen saltos o largas persecuciones, estos esfuerzos terminarán pasando factura a sus articulaciones.
  • Menor interés por lo que ocurre en el entorno y por la interacción social. Fruto del deterioro de los sentidos, y por la disminución en la respuesta ante los estímulos, nuestro perro se encuentra algo “desconectado”, además de que le cuesta realizar algunos movimientos, por el dolor articular, se lo piensa bien antes de mostrar interés por lo que sucede en el entorno.
  • Incremento de peso, que es necesario controlar con una dieta adecuada para sus necesidades.
  • Se produce una alteración del sueño, con actividad nocturna y largos períodos de “siesta” a lo largo del día.
  • Dificultades para la regulación de la temperatura. Las temperaturas extremas, altas o bajas, descompensarán su frágil equilibrio.
  • Deterioro de los sentidos (vista, oído, olfato) con una disminución del estado de alerta general. Probablemente, sea una de los primeros aspectos que detectamos los propietarios (el perro no nos oye y parece que le cuesta localizar los juguetes que le lanzamos).
  • Disminución de la velocidad de respuesta ante los estímulos. Su sistema nervioso es menos eficiente y más lento en la respuesta.
  • Aparecen comportamientos repetitivos (estereotipias). Movimientos de ida y vuelta, acicalado o mordisqueo de partes de su cuerpo, vocalizaciones persistentes, etcétera, que poco a poco irán sustituyéndose por períodos de sueño.
  • Problemas para controlar la micción y defecación. Después de años “sin hacer nada en casa”, comenzamos a necesitar desempolvar la fregona. Algo que puede irritar y preocupar a algunos propietarios.
  • Incremento de la irritabilidad, llegando a mostrarse inusualmente agresivo con otros perros o con los miembros (humanos) de la familia. Puede surgir el problema por cualquier roce, el cual nunca antes desencadenó esas reacciones.
  • Aumento de las vocalizaciones (ladridos, gemidos). Es posible que un día nuestro perro, hasta ahora siempre un remanso de paz y calma, comience a ladrar a cosas que nadie más ve, ni oye.
  • Su capacidad de aprendizaje se hace más lenta y disminuye su capacidad de concentración, por lo que, aunque puede seguir aprendiendo, tendremos que realizar más repeticiones y hacer las sesiones más cortas.
    Preferiblemente, ejercicios que no supongan grandes demandas físicas.
  • Incremento de los desórdenes relacionados con la ansiedad. Las fobias, de toda la vida, se generalizan y la respuesta se hace más fuerte, por ejemplo, la fobia a las tormentas o a los ruidos o con la ansiedad por separación (el perro llevará peor los períodos de aislamiento y se pueden complicar los comportamientos destructivos previos).
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