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Nuestras Razas > LHASA APSO

Foto: François Nicaise.
Foto: François Nicaise.
Foto: François Nicaise.
Foto: François Nicaise.

Como no podía ser de otra manera al tratarse de un perro oriental, nacido en el Tíbet rodeado de las cordilleras de mayor altitud de la Tierra y salpicada de monasterios budistas, a esta raza siempre le acompaña un halo de misterio y de leyenda. Con un desarrollo unido al de los monasterios, no tardó en convertirse en una pieza muy importante que no se separaba de los monjes y les ayudaba a guardar sus propiedades. Durante los largos siglos que estos perros han acompañado a los budistas a más de 4.500 metros de altitud, les han correspondido con una lealtad inexpugnable, pero su mayor contribución a sus dueños ha sido la buena fortuna que irradia, según creencias ancestrales, a todo aquel que los rodeara. Hoy, tras residir durante tantos años en los templos tibetanos, no tiene problemas de adaptación para la vida urbana, y la fidelidad y cariño que le llevaron a ser considerado un tesoro nacional no se han visto mermadas con el paso de los siglos y con su expansión por todo el mundo.

Foto: François Nicaise.
Foto: François Nicaise.

Texto: Antonio López Espada.

Por tratarse de una raza tan antigua, resulta muy difícil establecer los orígenes del Lhasa. La creencia más admitida es que la cría de los primeros ejemplares se realizó a partir de los individuos más pequeños de Tibetan Terriers que eran entregados al monasterio en forma de ofrenda. Era costumbre agasajar con perros a los monjes, que los aceptaban con gusto, sobre todo los cachorros de menor tamaño, pues en el monasterio no necesitaban los ejemplares más grandes de esta raza de perros de pastor y los perros de patas más cortas no podrían desempeñar eficazmente las tareas pastoriles. A partir de este punto, también conviene mencionar que la palabra Apso encuentra un posible origen en el vocablo «abso» que encontramos al revisar la lengua de Mongolia. En mongol, significa «todo cubierto de pelo», por lo que también se tiene en cuenta este origen más septentrional de la raza.

Foto: François Nicaise.
Foto: François Nicaise.

Texto: Antonio López Espada.

Apso Seng Kye es la voz con la que se conoce en su país de origen, Tíbet, al Lhasa Apso. Literalmente, se traduce como «perro león peludo», aunque en todo el mundo, incluso en el país oriental, cuando se habla de esta raza se entona el nombre Apso. Siguiendo con la onomástica de este perro, encontramos denominaciones que aluden o han aludido al Lhasa tales como «perro talismán», shantung terrier, sheng trou o terrier tibetano. Este último nombre es más genérico que los anteriores, ya que englobaba varias razas que poco o nada tenían que ver una con la otra.

Foto: François Nicaise.
Foto: François Nicaise.

Texto: Antonio López Espada.

Los primeros ejemplares de esta raza que vivieron en Europa sorprendieron a sus dueños llegando a edades hasta entonces muy poco alcanzadas por un perro. En otro artículo hemos mendionado a Marjorie Wild como una de las primeras en disfrutar de estos perros en Gran Bretaña. Pues bien, su Lhasa Apso vivió con ella 19 años. Esto se repitió con otros ejemplares, estableciendo una media de edad racial por encima de lo acostumbrado.

La tercera edad de estos perros es muy larga.

Cuando otras razas ven cumplida ya su esperanza de vida, entrando en la decena de años, es cuando el Lhasa comienza su «tercera juventud». El perro va disminuyendo poco a poco esa intensa actividad que caracteriza al Apso joven, aunque no es extraño encontrarnos con perros de quince años que corren, saltan y juegan como si tuvieran cinco años.

Foto: François Nicaise.
Foto: François Nicaise.

Estas leyendas y creencias convirtieron al Lhasa en un perro sagrado. Además, se le atribuían poderes como emanadores de buena suerte, como perros talismán que traían buena fortuna y prosperidad a los que los rodeaban. En este sentido, podemos acudir a una leyenda que siempre ha estado unida a la raza.

Se ha transmitido que existió una diosa animal voladora de pelo blanco y que comía huesos. Se la conocía como Sako. Cada año daba a luz a dos crías en un nido que fabricaba en lo alto de una montaña. De esas dos crías, siempre nacía una con alas y otra sin ellas. Ésta última era, nacimiento tras nacimiento, un Lhasa Apso, pero cuando su hermano abandonaba el nido volando y él intentaba lo mismo, caía al vacío y moría una y otra vez. Sin embargo, la historia dio un vuelco cuando Sako decidió interferir en este destino trágico del Lhasa Apso y cargó con su hijo hasta tierra firme, dando con ello inicio a la raza del Apso.

Por todo esto que estamos viendo, en su país de origen consideraban al Lhasa como un verdadero tesoro, y la política que se llevó a cabo durante mucho tiempo en relación a estos perros prohibía su salida del país. Sólo los tibetanos podían disfrutar de la gran compañía que brindaba un Apso. Poco a poco y, como hemos señalado, tras muchos años, estos perros fueron saliendo de las fronteras de Tíbet, pero siempre en forma de prestigiosos regalos diplomáticos, como los que el Dalai Lama ofrendaba a familias imperiales de China, hechos constatados desde el siglo XVI.

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